SORIA, ÚLTIMO TRAYECTO

Luis Moratilla

Y, efectivamente, tal como os contaba en mi anterior crónica, volvimos a Soria, y visitamos las Edades del Hombre, una exposición ante la que yo siempre he tenido cierta prevención, motivada porque las obras de arte expuestas ocultaban la belleza original de los templos que las acogían.

En esta ocasión,  esto no ha ocurrido, y es que para alojar la exposición se ha elegido la Colegiata de San Pedro, templo transformado por sucesivas reedificaciones, la última en el siglo XVI, por lo que de su primitiva arquitectura románica sólo mantiene el claustro y la espléndida portada de la sala capitular. Otras subsedes que no visitamos se encuentran en las ermitas de San Baudelio de Berlanga y en San Miguel de Gormaz.

Según hemos podido leer en diversos foros, el evento ha sido prolongado hasta el 9 de enero del próximo año. Las reservas las podéis hacer a través del teléfono 975214505. La página oficial es www.lasedades.es

La exposición muestra más de doscientas obras del patrimonio religioso de la región, que son apoyadas por imágenes del paisaje de la provincia y fragmentos de poetas que en algún momento de sus vidas estuvieron vinculados a Soria, como Antonio Machado, Gerardo Diego o Bécquer. El recorrido termina en el claustro, gran obra del románico, y que, como una “biblia en piedra”, muestra las diferentes escenas de la vida de Cristo.

De aquí marchamos a cenar, tapeo en uno de las muchas cervecerías que rodean la céntrica y amplia plaza de Mariano Granado.

Y, tras la cena, había que decidir entre dormir o brincar, y por unanimidad, y aunque ya la juventud nos ha abandonado a casi todos, decidimos brincar. Tras pedir consejo a la recepcionista del hotel, ésta nos miró la cara, las calvas y las canas, y nos dijo: “Iros al “desguace”. Al ver nuestra indignada mirada, se sonrojó y aclaró: “Quiero decir a la Sala Avenida; está aquí al lado, en la calle Medinaceli, dos, y en ella podréis tomar unas copas y bailar hasta agotaros”.

Y para allá nos fuimos, y cuando llegamos pudimos comprobar el porqué del sobrenombre del desguace, pero también os puedo asegurar que allí bailamos hasta altas horas de la madrugada, y también os puedo decir que la hija de uno de nuestros amigos, cuya edad aún no llega a los 30 años, empezó la noche escondida en un sofá, quejándose de la decrepitud del local, y la terminó agotada de tanto bailar, alabando la marcha y las ganas de baile de los viejos carrozas con los que estaba compartiendo estos tres días de puente por tierras castellanas.

La mañana amaneció con un sol de primavera que invitaba a la excursión. Hoy tocaba el Cañón de Río Lobos, cómodo paseo que ya he realizado en varias ocasiones: la primera cuando era joven y guapo e incluso el pelo aún cubría mi cabeza.

El camino lo hicimos por Abejar, Navaleno y San Leonardo, tierra de espléndidos pinares, abundantes setas y, en San Leonardo, majestuoso castillo, levantado en el siglo XVI y que domina la villa desde lo alto de un rocoso cerro, pero no había tiempo de confirmar si su estado, como dicen otros, era de ruina avanzada.

Desde San Leonardo, se accede a la carretera que bordea el paraje. La primera y obligada parada era el Mirador de la Galiana, punto desde el que, como si fuéramos uno de los muchos buitres que sobrevuelan sobre el parque, pudimos contemplar desde lo alto todo el paraje.

Tras muchas curvas y pocos kilómetros, accedimos a la entrada del parque, ya junto al cercano pueblo de Ucero y a su castillo. Por un momento pensé en abandonar a mis compañeros de viaje por unas horas y adentrarme en la fortaleza, imponente recinto triplemente amurallado, con origen en el siglo XIV y ahora en ruinas, pero del que aún destaca su torre del homenaje y que conserva un atrayente pasadizo subterráneo que desciende hasta el río cercano.

Pero, finalmente, me dejé llevar, y volví a encontrarme con montones de gente, y es que según visito este paraje, más rodeado de personas me encuentro y menos buitres contemplo. Debe ser que las personas estamos sustituyendo a los buitres, quizá porque muchas veces nos comportamos como tales.

Y volví a  pasear junto al rio, y me encontré con un camino trazado, preparado para jóvenes, mayores y ancianos, para gente con calzado deportivo y tacones de aguja. Y me pregunté si es o no conveniente el transformar tanto aquellos senderos para que podamos recorrerlos todos, sin límite de edad o condición física, a costa de hacerles perder su carácter original, su empedrado, sus surcos y sus inconvenientes, aunque sigamos rodeados por espadaños, juncos y nenúfares.

Y volví a fotografiar la ermita templaria, siglo XII, de San Bartolomé, a extasiarme con su misteriosa belleza y su  espiritualidad y a escuchar a un joven guía narrar las leyendas que sobre ella se cuentan.

Y volví a aproximarme a “la cueva grande” y observé el continuo entrar y salir de gentes y contemplé sus caras de asfixia, sus exclamaciones sobre el polvo que dentro habían casi masticado y como, queridos lectores, uno es asiduo usuario del metro de Madrid, decidí dejar para otro día adentrarme en la cueva y buscar esas pinturas rupestres de las que mucho se habla, pero nadie ha conseguido ver.

La comida la hicimos allí cerca, en un camping situado junto al parque natural. En un salón acogedor y en el que solo estuvo nuestro grupo, lo que nos permitió escuchar a nuestro rapsoda Celedonio recitar diversos poemas del gran Machado, degustamos un correcto menú a un precio aún más correcto. El teléfono del camping es 975363565 975252068 y su página www.campingriolobos.com

La tarde la dedicamos a visitar el cercano Burgo de Osma; algunos a pasear por sus calles con soportales y tomar un café en su plaza principal; otros a visitar su gótica catedral, donde en silencio contemplamos sus capillas barrocas, la sacristía, el retablo mayor o el sepulcro en piedra policromada de San Pedro de Osma.

Lo que quedaba de tarde y la mañana siguiente los dedicamos a la capital, a la iglesia de Santo Domingo, románica del siglo XII, que presenta un magnífica fachada, quizá de las más hermosas del románico español, con arquivolta, tímpano y rosetón;  a la iglesia de San Juan de Rabanera, con notable ábside románico; al Claustro de San Juan de Duero, único resto conservado de lo que fue monasterio templario, y que conserva las arquerías de traza genuinamente árabe y, por supuesto, a la ermita de San Saturio, situada extramuros, dominando el Duero sobre una roca y con acceso a través de una cueva.

No quiero despedirme sin aconsejaros también la visita a las cercanas ruinas de Numancia, a solo 7 km. de la capital, sobre un cerro. La historia de esta antigua ciudad, por la que pelearon celtiberos y romanos está perfectamente explicada en los paneles informativos y las viviendas reconstruidas, por lo que su recorrido, muy ameno, supuso un inmejorable final a nuestra estancia en esas muchas veces olvidadas tierras sorianas.