TESTAMENTUM

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Editorial: La Factoría de Ideas (Madrid)
Fecha de publicación: Noviembre 2005
Número de páginas: 346
ISBN: 84-9800-207-9

Entre tanto producto liviano y desigual, el lector tiene ahora ocasión de leer una magnífica novela histórica, una de las mejores que se hayan publicado en España.

Teresa Jiménez Calvente

Profesora titular de Latín de la Universidad de Alcalá de Henares

Trama

¿Dónde está el testamento? Este enigma recorre las páginas de esta novela histórica cuya acción transcurre en el año 1475. Tanto al lector como a los personajes les surge a menudo la misma pregunta, o también, paradójicamente, esta otra: “Pero, ¿de verdad hizo testamento el rey Enrique IV de Castilla?”. De inmediato, toda una serie interminable de interrogantes se va abriendo paso en la trama de esta oscura historia: si hizo testamento, ¿quién lo ocultó y por qué?, ¿dónde está el secretario? ¿murió envenenado el rey?, ¿era Juana su hija legítima?, ¿usurpó el trono Isabel la Católica?…

Una conjura anónima se desata sobre la vida y la última voluntad de Enrique IV,mientras que un personaje de la Corte trata de resolver las claves e interpretar los símbolos que le lleven hasta el misterioso Testamentvm.

Fue un cronista de Enrique IV llamado Lorenzo Galíndez de Carvajal el que escribió que el rey de Castilla había hecho testamento, el cual, metido en un cofre, fue enterrado por un fraile en algún lugar secreto de una localidad portuguesa. Allí permaneció durante muchos años hasta que alguien lo desenterró y fue a parar a manos de Fernando el Católico, quien, ante un documento de tal importancia en el que tal vez se contenían disposiciones que no le convenían que salieran a la luz, lo destruyó.

Sea o no cierta esta información del cronista, que nadie sabe de qué fuente puede proceder, deja en el lector de su crónica un poso de misterio e incertidumbre que inmediatamente siembra en él una chispa de esperanza: ¿Será posible recuperar algún día ese testamento a través de alguna copia del mismo que haya quedado perdida en algún archivo o biblioteca? O, por el contrario, tal testamento nunca existió, según una opinión mayoritaria, sostenida en el silencio mostrado hacia este asunto por parte de otros cronistas del periodo.A pesar de ello, Alonso de Palencia, adverso al rey y afín a los Reyes Católicos, transmite en sus Décadas las palabras postreras de Enrique IV en su lecho de muerte en torno al problema de la sucesión al trono. Según éstas, no queda ninguna duda de que proclamó a su hija Juana de Castilla –y no a su hermana Isabel- como heredera: Declaro a mi hija heredera de los reinos.

Yo la Reina

 

El misterio se congela sobre Juana de Castilla. Fríos témpanos se descuelgan desde el techo cóncavo de la Historia.

¿Fue hija de Enrique IV y de Juana de Portugal? ¿Quién comenzó a llamarla la Beltraneja?

Nacida en 1462, fue jurada heredera del reino de Castilla en las Cortes de Madrid el 9 de mayo de ese mismo año. Después vendrían malos tiempos: confabulaciones nobiliarias, intrigas, acusaciones de ilegitimidad, gruesas difamaciones… ¿Perduraría aún en la memoria de los sediciosos el recuerdo de la noche de bodas de su padre, que se opuso, frente a la tradicional costumbre castellana, a exhibir la sábana de los regios esposos que habían ocupado el lecho? ¿Por qué lo hizo?

Lo cierto es que, ya fuera verdad o simplemente una baza política, parece que desde la farsa de Ávila, que tuvo lugar el 4 de junio de 1465, va tomando consistencia la consideración de atribuir la paternidad de Juana a don Beltrán de la Cueva, favorito de Enrique IV, quien unos años antes le había nombrado conde de Ledesma.

La ambigua sexualidad del rey, su pretendida impotencia, a la que se unió también la posterior infidelidad de la reina, que tuvo dos hijos con Pedro de Castilla, contribuyeron a forjar este enigma de la Historia de España.

¿De quién fue hija, en definitiva, Juana de Castilla?

Reconocida otra vez heredera y, por lo tanto, declarada su legitimidad de nacimiento en Val de Lozoya en 1470 –después de los Toros de Guisando en donde dos años atrás había sido designada Isabel la Católica-, fue finalmente refrendada por su padre, según refieren varios cronistas, momentos antes de que expirara en el alcázar de Madrid un 12 de diciembre de 1474. Pero aún cabe preguntarse: ¿verdaderamente sucedieron así los hechos? Y todavía: ¿qué pasó con el testamento del rey?

Juana, que perdió la guerra civil contra los Reyes Católicos, no regresó jamás a España. Murió en Lisboa en el año 1530 y fue enterrada en un convento portugués. En sus documentos nunca dejó de rubricar con esta firma: Yo la Reina.

Estos enigmas recorren las páginas de la segunda novela de José Guadalajara, Testamentvm, en la que sus muchos lectores han podido revivir paso a paso este sorprendente capítulo de la Historia. Documentada con rigor, su argumento recrea aquellos días del año 1475, aquellos días en los que se luchaba por el trono de Castilla y por la legitimidad de la posesión de una corona.

El misterio de Enrique IV

Enrique IV fue rey de Castilla entre 1454 y 1474. Su cuerpo, momificado, se exhumó en el monasterio de Guadalupe en el año 1946, tras haber sido descubierto por casualidad detrás del retablo de la iglesia. Según cuenta Gregorio Marañón, aquel acto realizado bajo la luz de los cirios y el final de las oraciones de los frailes en el coro le llenó de una emoción religiosa y patética. No en vano le había dedicado al rey un estudio en el que trató de desentrañar los secretos de su personalidad y biología. El hallazgo del cadáver podía confirmar sus argumentos.

Murió el 12 de diciembre de 1474. La mañana de ese día, cuando se dirigía a los bosques de El Pardo, se sintió indispuesto y no tuvo más remedio que regresar a Madrid. Postrado en cama, sin descalzarse siquiera de los borceguíes de cuero, se retorcía de dolor y respiraba con angustia. La momia descubierta aún conservaba aquel calzado que le llegaba hasta las rodillas. Enrique IV apenas pronunciaba palabras. Algún cronista, sin embargo, afirma que proclamó a su hija Juana como heredera del reino de Castilla; otro asegura que dejó testamento a su favor, aunque otros lo nieguen. Lo cierto fue que, al día siguiente, su hermanastra Isabel, luego la Católica, se proclamó reina en Segovia.

Sobre ese misterioso testamento José Guadalajara ha construido una novela que traslada al lector a aquellos últimos momentos del rey en el alcázar de Madrid. Ficción e historia en las que el secretario Juan de Oviedo rastrea las pistas para recuperar ese importantísimo documento.