EL LIBRO DE LOS GRANDES HECHOS/LAS JARCHAS

José Guadalajara

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Folio miniado procedente de un Beato

Profecías, adivinaciones, mesianismo, milenarismo… todo esto aparece en un singular manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional de España y que se conoce bajo el título de Libro de los grandes hechos. Hay otras versiones, pero ésta es, sin duda, la más antigua hasta la fecha.

Su autor es un enigmático fraile franciscano de un no menos enigmático convento del Sancti Spiritus. Se hacía llamar maestro Juan Unay, aunque algunas veces su nombre se encuentra también recogido como Johan Alamany o, simplemente, como Juan el alemán.

¿Quién fue este desconocido maestro Juan Unay, humilde pecador, marcado por una honda preocupación apocalíptica?

Éstas son algunas de sus palabras: “Vi los muy grandes males y daños que habrán de ser por todo el mundo, pues habrá muy crueles mortandades y temblará la tierra en muy muchos lugares del mundo y aparecerá de día la estrella de Mercurio del color de una espada sangrienta…”

Todo parece indicar que vivió en la primera mitad del siglo XV y que, además de creer en la llegada del Anticristo y el fin del mundo, auguró un milenio paradisíaco de paz y bienestar tras la intervención conjunta en el mundo de dos figuras mesiánicas a las que él denomina el Nuevo David y el Encubierto, encarnaciones humanas de un Papa y un Emperador.

Criticó la corrupción de la Iglesia y atacó a los clérigos corrompidos, de los que llegó a afirmar que “predican una cosa y hacen lo contrario”, además de “mantener grandes vanaglorias y los hábitos de buen paño y tener cuantas putas quisieren, ya sean casadas, viudas o mujeres profesas”.

De este curioso libro, que se propagó de forma manuscrita y que debió tener enorme difusión, se hizo también una versión impresa a comienzos del siglo XVI, esta vez en catalán, a cargo del impresor Joan Jofré en Valencia.

No se piense, sin embargo, que se trata de un libro de muchas páginas, ya que, en realidad, es un tratado breve, organizado en torno a tres núcleos temáticos: El Anticristo, su retrato y su actuación en el mundo; una crítica social y anticlerical y, por último, la intervención del Papa y el Nuevo David en la conquista del mundo para instaurar un milenio de paz.

Cuando tuve conocimiento de este texto, que he estudiado en uno de mis libros de investigación, además de editarlo por vez primera, me quedé sorprendido con su autor y, rápidamente, mi afán por adentrarme en el conocimiento de lo desconocido me llevó a hacerme cientos de preguntas sobre su persona. Sin embargo, hasta ahora, los archivos, los documentos, los viejos libros y manuscritos no han abandonado su silencio monacal y se han mostrado remisos a descubrirnos quién fue este fraile del Sancti Spiritus.

Su figura me sedujo tanto que lo convertí en protagonista de mi primera novela histórica, de Signum, y, a falta de datos fehacientes sobre él, mi inventiva, junto con los datos verídicos, recreó su biografía imaginaria. Lo metí así en un enredo prodigioso que tal vez ni él mismo hubiera creído posible protagonizar.

¡Pero, amigos, para eso están también los novelistas!

ASÍ SON LAS JARCHAS

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Miniatura de las Cantigas de Alfonso X el Sabio

La jarcha es el aroma de la moaxaja, es su sal, su almizcle, su ámbar, su azúcar…

Así lo escribía el egipcio Aben Saná al-Mulk hacia comienzos del siglo XIII. Cien años antes, Aben Bassam se había referido a Mohámmad, un poeta de Cabra, pueblo de la provincia de Córdoba, como el inventor de la moaxaja.

Pero no fue hasta 1948 cuando se supo que las jarchas existían “ocultas” al final de las referidas moaxajas. Mohámmad, que vivió a fines del siglo IX y principios del X, habría sido el primero en recogerlas, pues las jarchas, al parecer, eran breves cancioncillas de tradición oral que circulaban entre los mozárabes, es decir, los cristianos que vivían en tierras musulmanas. Mohámmad las puso como cierre de sus moaxajas. Otros poetas árabes o hebreos lo harían más tarde.

En la actualidad se considera a las jarchas como los testimonios literarios más antiguos compuestos en una lengua románica dentro de la Península Ibérica. Del siglo XI data la más vieja de todas las que han llegado hasta nosotros:

Tanto amare tanto amare,

habid, tanto amare,

enfermeron olios nidios,

e dolen tan male.

Quizá no se entienda del todo, pero aún menos entenderíamos esto:

Tnt `m`ry tnt `m`ry

hbyb tnt `m`ry

`nfrmyrwn wlyws gyds

ydwln tn m`ly.

Pero ni siquiera estaban escritas así, pues a la omisión de las vocales se añadía una escritura de caracteres árabes, lo que dificultaba aún más su identificación.

Las jarchas son poemas breves de amor en los que una mujer se queja de ausencia, se lamenta de su soledad, siente celos, duda de su enamorado o manifiesta sus gustos eróticos. ¿O no es esto lo que expresa la jarcha copiada más arriba?

¡Tanto amar, tanto amar,

amigo, tanto amar!

¡Enfermaron unos ojos brillantes

y duelen tan mal!