¡Me matan!

José Guadalajara

LI Certamen literario Albaricoque de Oro (Moratalla, 2021)

RELATO GANADOR

Un disparo. Por la espalda. De noche.

El segundo sonó como un aullido: «¡Me matan!».

Cayó de bruces entre el lodo y un charco de lluvia atrasada junto a la acequia, sin tiempo para reconocer la expresión brutal del autor de los disparos. La frente golpeó contra una piedra puntiaguda. Crujió el hueso y cerró los párpados. La sangre empapó la camisa blanca y sus costuras. Se imaginó a su asesino, que se escabulló entre las sombras de su mente. Era la noche de San Juan y un ruido de cohetes y petardos envolvía la madrugada bajo los latidos del pulso desenfrenado.

Los primeros rayos del amanecer desvelaron el cadáver: frío de piel y austero de equipaje. El teniente, vieja serpiente artera, mascullaba improperios cuando lo levantaron de la cama. Era domingo. Partido de tenis a las nueve con el concejal. ¿Llegaría a tiempo? Se fue con un puñado de nueces rancias en el estómago. Desayuno ligero, sorbo de café y pastilla para la próstata. Un beso al vuelo en la mejilla adormecida de Carmela.

Los zapatos pisan el paisaje y aplastan las rodaduras de un tractor sobre el camino. Aire húmedo y frescor de amanecida. El teniente, que camina despacio, se cubre la garganta con una mano  y exhala el humo impertinente del cigarro. Su ayudante lo esquiva, pues siempre le ha mortificado esa nube tóxica que impregna la ropa y mancha los pulmones. El teniente lleva las suelas de cuero atascadas de barro. No lo dice, pero el asunto le reconcome por dentro.

Entre las matas de pimientos y los arbustos avanzan uno detrás de otro, en hilera, paso sobre paso. Los sigue un sargento lampiño al que esa noche le ha salido un orzuelo. «No te toques el ojo», le ha advertido su padre. Le escuece y se rasca con la punta del meñique. En ese momento, acaba de pisar una ortiga.

Francisco Ruiz, experto en huellas, no se calla: «¡Voy de barro hasta los cojones!». Alza la pierna derecha y la sacude en el aire. El material terroso sale despedido en fragmentos compactos, como asteroides diminutos. Hace lo mismo con la otra pierna, pero ahora restriega el zapato contra una roca. Unos metros más allá se desvela el escenario del crimen.

Lo encuentran en el mismo sitio. «El cadáver no se ha movido», les asegura un campesino que tiene la boca torcida. Lo ha descubierto en su turno de riego, pues, según refiere, los agricultores de esa zona hortícola poseen licencia para anegar la tierra solo durante unas horas determinadas.

─¿Sabe quién es? ─lo mira el teniente con pupilas serenas e inquisidoras.

─Pedro el Zaguán ─le responde.

El juez llega dos horas más tarde para levantar el cadáver.

Pedro el Zaguán presenta dos boquetes horribles en la espalda: uno a la altura del omoplato derecho; el otro, sobre el riñón izquierdo. Por lo demás, a causa de las postas, está calado de agujeritos y refregado en sangre reseca que, como una mancha de vino oscuro, le cubre la camisa que el día anterior su hija adoptiva le planchó con esmero. Está muy claro que lo han cazado a traición mientras se disponía a abrir el candado de la compuerta de la acequia. Un terraplén a menos de cinco metros del lugar del crimen parece el escondite perfecto del asesino. Aquí esperó pacientemente, en sigilo, rumiando en su cabeza el instante justo para apretar el gatillo y lanzar la muerte por la boca de la escopeta.

Hay un sospechoso, pero no evidencias. Ni rastro de los cartuchos quemados, ni una colilla díscola extraviada entre los arbustos, ni la huella de un zapato sobre el barro. El asesino ha sido un minucioso maestro al ejecutar un plan trazado desde hacía tiempo. No caben la casualidad ni las circunstancias imprevistas, porque el criminal conocía la hora, el momento preciso en el que Pedro el Zaguán, con su camisa blanca y sus pantalones de pana, se levantaría a medianoche de su lecho para dirigirse al huerto y roturar y anegar los surcos de la tierra.

El interrogatorio en la Comandancia comienza a las cuatro de la tarde, una semana después del crimen, tras haberse recabado durante días información entre los allegados. Hay dedos que señalan en la misma dirección. Ojos que miran a un lado y otro o que se desvían sin rumbo definido. Enseguida salen a relucir las envidias, la codicia ramplona y el afán cainita de venganza grabado en las entrañas. La Biblia repite el crimen germinal de Caín y Abel como una letanía de siglos en la voz de la Historia. Y los hombres, luciérnagas errantes, se dejan atrapar por los instintos y los impulsos para perderse en el laberinto de las bestias.

El teniente, con el cigarro entre los labios y el habla entrecortada, ha entrado en el cuartucho donde ya se encuentra el sospechoso. Hay una mesa vieja de madera, dos sillas desvencijadas y un tubo fluorescente en el techo que realza toda la tristeza de los lugares fríos y descuidados. De la pared cuelga un cuadro del rey de España.

El teniente adopta un aspecto grave y solemne, sentado frente al hermano del cadáver. Ha matado el cigarro en un cenicero de hojalata.

De pie, el experto en huellas dactilares contempla en silencio la escena donde ese hombre rústico, de rostro pétreo y calvicie prematura, aguarda la hostil fusilería del interrogatorio. Está tranquilo, ningún signo o gesto delatan culpabilidad. Apoya las manos cruzadas sobre la mesa, dedos gruesos y un arañazo en el dorso de una de ellas. Tiene la vista perdida. Parece no temer a los disparos dialécticos.

─Diga, ¿qué nos puede contar de su hermano? ─descarga el primer tiro el teniente.

El sospechoso se rasca la cabeza, tuerce el cuello y alza enseguida unos ojos mortecinos que clava sobre la frente del teniente Gómez.

─Pues que adoptó una china hace un par de años.

―¿Y eso por qué?

―No tenía hijos, ya que mi cuñada es estéril. Cuidaba la huerta y no paraba de trabajar.

─¿Tenía enemigos?

─No que yo sepa.

─Pues alguno parece que debía tener ─intervino Francisco Ruiz.

─¡Yo que sé!

─¿Tiene usted por casualidad una escopeta de caza?

En los días siguientes, la Guardia civil requisó todas las escopetas de los cazadores del contorno y de los pueblos vecinos. Se comprobó minuciosamente cada una de ellas, pero no se obtuvo ningún resultado. Las dos escopetas del hermano de la víctima, guardadas en un cobertizo junto a su casa de campo, estaban impolutas. No se habían utilizado desde hacía mucho tiempo.

 

 

Treinta años después del asesinato, conocí a Francisco Ruiz Torrijos, ya jubilado, tras dedicar una vida entera a la investigación y detección de huellas dactilares.

─Me gustaría escribir algo sobre un caso real en el que hayas intervenido ─le propuse.

─Vamos a ver, puedo contarte muchos, porque he visto de todo.

Me hizo una amplia relación de sus experiencias: suicidas con un tiro en la sien, suicidas ahorcados, suicidas envenenados, suicidas no suicidados, crímenes pasionales, asesinatos por venganzas, homicidios por una discusión absurda… y casos no resueltos.

Después, tras recrearse en un montón de truculencias y sangres derramadas, se centró en los dos tiros de posta que recibió, allá por los ochenta, un agricultor de cincuenta y dos años que acudió confiado a su turno de riego.

─Cayó de bruces y se fracturó la frente en la caída.

─¿Y quién lo mató? ─le pregunté.

─¡Su hermano! ─me respondió sin atisbo de duda─. Nunca se demostró nada, pero hay sospechas que, en ocasiones, tienen casi tanto valor como las mismas pruebas.

─¿Y por qué crees que fue él?

─Mira, verás: el muerto no tenía hijos, ¿comprendes?, pero sí sobrinos.

Me encogí de hombros.

―Es muy sencillo: él y su mujer adoptaron a una chinita. Cuando lo interrogaron, esto fue lo primero que se le vino a la cabeza al sospechoso. ¿Comprendes ahora?

 

Detrás de los arbustos, junto al terraplén, habitaba el planeta de los grillos. Había un grillar constante dentro de aquel espacio de oscuridad vegetal. El murmullo del agua también se percibía a lo lejos. Tronaban, de vez en cuando, los petardos por la celebración de la Noche de San Juan. No era casualidad haber elegido esa fecha. Pesaba la escopeta adquirida sin licencia unos meses atrás, así que la dejó sobre la tierra seca mientras aguzaba el oído. Miró el reloj que le regaló su padre, un Festina de agujas doradas arañado en el cristal.

Eran las dos menos cinco minutos.

No quedaba mucho tiempo para que su futura víctima llegara junto a la acequia, dispuesta a abrir la compuerta del agua para regar los pimientos y los tomates. Sin darse cuenta, rozó un manojo de ortigas esparcidas junto a un espino. El efecto sobre el dorso de la mano derecha fue el de un escozor creciente, como de hormigas trepadoras que le mordieran la piel. Se llevó instintivamente la mano a la boca y ensalivó la zona afectada. La sangre le hervía en el corazón y se le subía a la cabeza, en donde se concentraba toda la frialdad necesaria para desplazar el gatillo. Ponerse en pie, lentamente; lentamente acercarse; apuntar lentamente a la espalda; disparar dos tiros a quemarropa a menos de tres metros de distancia.

El reloj marcó la hora con puntualidad.

Oyó las pisadas aproximándose por la vereda y distinguió los brochazos fugaces de la linterna. Agazapado tras el matorral, pudo ver entre las ramas la camisa blanca que enseguida iba a empaparse de sangre. Sintió la respiración agitada y el acelerón violento de los latidos en la garganta. Tragó saliva. Hacía treinta minutos que esperaba con impaciencia. Masticaba chicle para templar los nervios. Había llegado caminando desde su casa sin que nadie en ella se hubiera apercibido de su ausencia. Dormía en una habitación de la planta baja, solo, pues sus dos hijos tenían los dormitorios en el desván.

Llevaba cuarenta y ocho años soportando aquella envidia bíblica, pero el resentimiento se intensificó cuando dos años atrás apareció la niña china. Entonces las cosas fueron cada vez a peor.

Cuando lo vio allí agachado, al pie del agua, salió lentamente de su escondrijo: solo tuvo que apretar la pólvora del odio en la escopeta. «¡Me matan!». Oyó un golpe seco. Recogió los cartuchos y se marchó por donde había venido.

 

Nozomi, nacida en Qingdao a orillas del mar Amarillo, ha cumplido hace tres días cuarenta y cinco años. Cuando murió su madre adoptiva, heredó todos los bienes y ahorros que, con ambición desmedida, había acumulado su padre. Vive ahora en la ciudad, donde se ha comprado un chalet en una zona residencial muy exclusiva. Sus primos jamás han querido tener relación alguna con ella.

Nozomi aún recuerda aquella víspera de San Juan cuando le planchó la camisa a su padre.