DAVID LEAN (II)

Juan Angulo Serrano

          1962. Tienen que pasar cinco años para disfrutar de la siguiente obra maestra de Lean. Una de las mejores de la historia del cine.

          Sam Spiegel, que había producido Los puentes sobre el río Kwai, le preguntó a Lean sobre qué tema pensaba que podría versar su próxima película. Entre otros, sugirió que sobre la vida de Thomas Edward Lawrence, aquel militar inglés que se hizo medio árabe para liderarlos contra los turcos.

      En varias ocasiones se había intentado llevar a la pantalla a este singular personaje. Pero era necesario basarse en su libro autobiográfico/filosófico Los siete pilares de la sabiduría, cuyos derechos detentaba su hermano Arnold, que no quería que Hollywood hiciera una versión superficial. Spiegel y Lean consiguieron convencerle, pero con una importante condición: él tenía que dar el visto bueno al guión final. Aunque intervinieron varios guionistas, del definitivo se encargó Robert Bolt, que también realizó más tarde los de Doctor Zhivago y La hija de Ryan.

          El rodaje se inició en Jordania. Duró 285 días. Impensable en el cine actual. El propio rey Hussein estuvo en el plató y facilitó varios aviones de su ejército. Fue durísimo. Temperaturas superiores a los 50º grados centígrados. Fortísimos vientos. Tormentas de arena que deterioraban los instrumentos. Omar Sharif tenía doce trajes iguales, negros, que se cambiaba constantemente, porque su transpiración los teñía de blanco. Edmund O’Brien, contratado para interpretar al periodista, sufrió un infarto debido al calor y tuvo que ser sustituido por Arthur Kennedy.

          Todo el equipo se dirigió a la mismísima Aqaba para rodar “in situ” la toma de la ciudad, una de las partes más impresionantes de la cinta. A Lean no le gustaron los exteriores y él mismo se puso a buscar nuevas localizaciones. Y encontró una: ¡Almería!, adonde se trasladaron. Luego siguió rodando en varias localidades españolas.

          A todo ello, añadamos su exagerado perfeccionismo. Había que barrer la arena del desierto para que no se notara ninguna huella. En un determinado momento, el periodista le pregunta a Lawrence que es lo que más le gusta del desierto. Respuesta: “Está limpio”. La famosa elipsis en la que el protagonista sopla una cerilla encendida para, inmediatamente, aparecer un amanecer en el desierto, necesitó esperar varios días hasta que la luz fuera la que deseaba. En ocasiones, solo se rodaba una toma al día.

         Era muy distante con los actores.  Salvo excepciones, solo se relacionaba con ellos en el plató. Pero se la jugó con dos de los principales.

         Peter O’Toole era prácticamente desconocido para el cine, aunque tenía cierta notoriedad en el teatro inglés. Su papel fue ofrecido anteriormente a Marlon Brando y a Albert Finney, pero ambos lo  rechazaron. Lo consagró inmediatamente como una de las principales estrellas del siglo XX.

         Omar Sharif había actuado en el cine de Oriente Medio, pero nada en Occidente – de hecho, no había sido invitado a la “premiére” de New York y pudo acudir gracias a la intervención de su compañero O’Toole.

         Estas elecciones tienen todavía mayor mérito si se considera que, en aquella época esplendorosa, toda superproducción que se preciara debía contar con la participación de grandes estrellas de Hollywood. Solo aceptó a una: Anthony Quinn. Muchos no daban un duro por una cinta casi sin “ídolos del celuloide”,  ninguna mujer y muchos camellos y árabes corriendo por el desierto. Pero triunfó totalmente. Siete Oscars, entre ellos el de película y director.

          El resto de actores “secundarios”, en su mayoría ingleses, del máximo nivel interpretativo, bordan sus papeles: Jack Hawkins, Alec Guiness, Claude Rains, Anthony Quailey, José Ferrer, Arthur Kennedy…

         La primera versión duraba 3 horas y 42 minutos. Resultaba excesivo en aquel tiempo, por lo que se cortaron 20 minutos y luego 15. Parece ser que el propio Lean participó en estas amputaciones. Pero, milagrosamente, 25 años después, cuando se creía que todos los rollos se habían destruido, apareció una copia íntegra, pero sin sonido. Todos los actores estuvieron dispuestos a doblarse a sí mismos. Solo uno no pudo hacerlo, Anthony Quailey, que había fallecido. ¿Sabéis quien se encargó de esta reconstrucción y de su “remasterización”? Nada menos que Steven Spielberg.

        Su reestreno en Madrid tuvo gran repercusión mediática. Acudió el propio O’Toole. Yo tuve la suerte de volver a verla en el cine Palafox, y fue una experiencia memorable. Nunca olvidaré la secuencia lenta y magistral, ahora completa,  en la que el héroe vuelve con un adolescente que ha rescatado del desierto mientras otro espera impaciente su regreso. Su grito de ¡Lawrence, Lawrence!, al verlos regresar a lo lejos y su carrera sobre el camello hacia ellos, todavía me pone la carne de gallina.

        Como la del atentado al tren y Lawrence subido encima, aclamado por su gente. O la toma de Aqaba. O la violación del protagonista por el “bey” turco – genial José Ferrer, que ya contaba con un Oscar por su interpretación de Cyrano de Bergerac –  etc. etc. Si existe alguien que todavía no la haya visto, que lo haga en cuanto pueda, pero en versión íntegra, por favor.

         Llamaron a Maurice Jarre para que compusiera una melodía, la principal. Gustó tanto que se le encargó la de todo el film. Obtuvo el Oscar. A partir de entonces, colaboró en todas las películas de Lean:  Doctor Zhivago, Pasaje a la India ( Oscar por las dos) y La hija de Ryan. Compuso cerca de sesenta bandas sonoras, entre las que cabe destacar La Misión, El día más largo, ¿Arde París?, Atracción fatal, Ghost, Gorilas en la niebla, La caída de los Dioses… Acaba de fallecer. Fue uno de los mejores. Era padre del también gran compositor Jean Michel Jarre.

          Basada en la novela homónima del ruso judío Boris Pasternak. No pudo publicarla en su país, pues estimaron que era contraria al régimen soviético. Se considera autobiográfica. Como Zhivago, él también era poeta, vivió la Revolución, estuvo enamorado simultáneamente de dos mujeres… El manuscrito pasó de mano en mano hasta que le llegó a un editor italiano, que la imprimió en 1957. Al año siguiente, recibió el Premio Nobel. Se ha insinuado que la C.I.A. anduvo detrás de la concesión. La Guerra Fría estaba en su apogeo. A Pasternak le amenazaron con que, si recogía el premio, no le dejarían volver. No fue a Suecia y murió dos años después. Tuvieron que pasar 25 años para que se publicara en Rusia. La película no se estrenó allí hasta 1994.

          El guión de Robert Bolt, en estrecha colaboración con el propio Lean, tardó un año en elaborarse. Se potenció la parte romántica. La Revolución de octubre está en el ambiente, pero en segundo término. Recibió el Oscar.

          El productor italiano Carlo Ponti compró los derechos del libro. Se puso en contacto con la Metro Goldwyn Mayer que estaba dispuesta a participar si David Lean era el director. Este aceptó. Pero Ponti quería que el papel de Lara lo interpretase su mujer, Sophia Loren. Lean no estuvo de acuerdo porque le parecía “alta y grande”. Ponti se resignó y fue para Julie Christie.

          Como, lógicamente, no se podía rodar en la U.R.S.S, se buscaron localizaciones en Yugoslavia, Finlandia, Suecia… Pero al final, de nuevo, se eligió España, concretamente Soria y Madrid. En el barrio de Canillas se reconstruyó Moscú. Se tardaron 18 meses en confeccionar los decorados y trabajaron más de 800 personas. Por supuesto, allí estaba Gil Parrondo como director artístico. Otro Oscar.

         Igual que en Lawrence, la mayoría de actores eran ingleses. Solo un americano: Rod Steiger. Omar Sharif, que soporta el rol de protagonista, recibió de Lean las siguientes instrucciones: “No actúes. No sientas. No muestres emociones. No reacciones. No hagas nada en absoluto. Sales en cada escena, pero la escena es del otro actor.” Era la manera de sugerir que Zhivago era poeta y que la película se viera a través de sus ojos, no como partícipe sino como observador.

         Como era de esperar, las interpretaciones son inmejorables. Pero yo siempre recuerdo a Tom Courtenay, en el papel de Pasha, el joven revolucionario e idealista, convertido después en el temible y despiadado Strelnikov. Tanto es así que, en varias ocasiones, he aplicado el apelativo de “strelnikov” a personas, cercanas o no, cuya actitud u opinión ha sufrido un cambio drástico en loor de unos supuestos ideales más “universales”. Hasta ahora, ninguno pareció entender la ironía.

          Durante el rodaje sucedió una curiosa anécdota. En una secuencia nocturna, un grupo de revolucionarios canta la “Internacional”. La policía se presentó inmediatamente y se sorprendió al comprobar que una gran parte de los extras españoles se la sabían. Pretendió localizarlos, pero se consiguió que se marcharan. Algunos vecinos de Canillas, creyendo que era una señal de que Franco había muerto, descorcharon botellas de champagne.

          Doctor Zhivago no tiene la categoría de las dos anteriores, pero sigue siendo una de las historias románticas mejor realizadas para la pantalla.

           La crítica fue demoledora con la película. A Lean le afectó tanto que tardó 15 años en rodar de nuevo su siguiente cinta La hija de Ryan que, aunque gozó del favor del público, tampoco recibió críticas muy favorables. Tardó otros 14 años el volver a ponerse detrás de las cámaras con Pasaje a la India que, curiosamente, recibió mejor trato de los críticos pero no del público. Fue su última obra.

            Muchos “puristas” nunca le perdonaron que abandonara el estilo de su primera etapa inglesa, más intimista y europea, para integrarse en la maquinaria de las grandes producciones de Hollywood. Pero acertó.