LA INQUISICIÓN EN ESPAÑA

Ángel Gómez Moreno

Persecucion-de-los-catarosLa Inquisición, frente a lo que comúnmente se piensa, no nació en la España de los Reyes Católicos sino en el Sur de Francia y hacia el final del siglo XII con el propósito de atajar la herejía cátara o albigense, una secta de signo maniqueísta que tuvo enorme fuerza en toda la Occitania francesa y en la Corona de Aragón española. En 1231, Gregorio IX extendió el ámbito de acción de la Inquisición a toda la cristiandad, con lo que la convirtió en un poderoso instrumento de control de la Iglesia. La orden a la que confió tan poderoso instrumento fue la de los dominicos o frailes predicadores. Un nuevo paso se dio en 1252, cuando Inocencio IV impuso la tortura como procedimiento legítimo en la labor de los inquisidores con tal de extirpar cualquier herejía o desviación. De este modo preciso surgió la Inquisición en Europa; en España, sin embargo, todo fue muy distinto, pues la Inquisición nació propiamente mediante una bula papal de Sixto IV de 1478 y comenzó a actuar en Sevilla en 1480. Es conveniente resaltar el hecho de que la Inquisición velaba por la ortodoxia de los cristianos, por lo que nunca actuó contra los judíos o los musulmanes, como a menudo se dice. Sólo cuando éstos se convertían –y pasaban a formar parte del amplio grupo de los judeoconversos o de los moriscos– podían ser juzgados por la Inquisición, pues ya eran cristianos.

La peculiaridad de España a finales del siglo XV era, en primer término, la de su enorme y poderosa judería o, más aún, la de su gran masa de judeoconversos, resultante de las continuas conversiones al cristianismo. Había antepasados conversos en la propia Casa Real (de ser cierto lo que se decía de los Enríquez, a cuya familia pertenecía la madre de Fernando el Católico), en la Iglesia (la familia burgalesa de los Santa María es un ejemplo al que ya me he referido, aunque a ellos hay que unir a fray Hernando de Talavera, confesor de la Reina, y ya en el siglo XVI a Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y tantos otros), en la alta y baja nobleza (ahí está el Tizón de la nobleza de España del Cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla, que denuncia este hecho) o entre los grandes hombres de Estado (como los Sánchez, Santángel, Coronel o De la Caballería, asesores y banqueros de la casa real, a los que los Reyes Católicos acudieron para financiar la mayoría de sus proyectos). Hubo dos momentos fundamentales en ese proceso de conversiones en masa: el pogromo de 1391 atizado por Ferrán Martínez, arcediano de Écija, momento en que, movidos por el miedo, muchos judíos se bautizaron; y la Disputa de Tortosa de 1412-1414, en que los sabios cristianos (liderados por Pablo de Santa María, obispo de Burgos, que antes se había llamado Shlomo-ha-Levi y había sido gran rabino de Burgos) lograron imponer sus argumentos ante los sabios judíos. Los dos puntos de disputa eran: [1] la defensa de la Trinidad frente a la unidad de Dios de los judíos y, sobre todo, [2] la llegada del Mesías anunciado en el Antiguo Testamento, que además de Mesías es Dios Hijo.

inquisicion6La Inquisición española nació como una herramienta renovada al servicio del proyecto unificador de los Reyes Católicos, que previamente habían logrado acabar con la clerecía y la nobleza levantiscas y habían decapitado las hasta entonces poderosas órdenes militares. En la idea de que una España hegemónica, como cualquier estado fuerte, precisaba de un solo guía al mando de un territorio unificado y una población homogénea, los Reyes Católicos apelaron a la Inquisición, convenientemente adaptada a sus necesidades, para lograr su propósito. La principal novedad es que su control dependía directamente de la Corona, que escogía al Inquisidor General (inicialmente, hubo dos, una para Castilla y otro para Aragón), que contaba con el respaldo del Consejo de la Santa Inquisición, popularmente conocido como “la Suprema”, constituido por religiosos próximos al monarca. Del Consejo, en que la autoridad máxima era el Consejero General, dependían los distintos tribunales y los inquisidores de distrito, lo que daba a dicho órgano una fuerza extraordinaria.

El proceso era de lo más riguroso para el acusado, pues la acusación permanecía en el anonimato y se le sometía directamente a reclusión y aislamiento antes de proceder a los interrogatorios, en los que, queda dicho, podía aplicarse la tortura en cualquier momento del proceso. El castigo, en caso de que lo hubiese, lo aplicaba la autoridad o justicia civil, aunque previamente el reo era “relajado” o entregado a la misma. Podía quedar libre o recibir un castigo insignificante, pero también podía perder todos sus bienes e incluso la vida; en tal caso, se le quemaba vivo, aunque, si en última instancia se arrepentía, antes de entregarlo a las llamas era estrangulado. Si ya estuviese muerto o se hubiese fugado, la pena máxima se aplicaba desenterrando y quemando sus huesos, en el primer caso, o bien quemando una estatuilla suya en el segundo de los supuestos (a este tipo de castigo lo llamaban “quemar en efigie”). Los condenados eran ridiculizados por medio de una prenda de cabeza similar a las que llevan los nazarenos o penitentes en las procesiones de Semana Santa, aunque a veces tenía forma de mitra, a la manera de la autoridad religiosa; de ellos se decía que llevaban una coroza, pues así se llamaba esa prenda de cabeza, o bien que iban encorozados.

Scene_from_an_Inquisition_by_GoyaEn los procesos inquisitoriales, aparecen mezclados protestantes y ateos, supuestos siervos del Diablo (con casos curiosos como el de un tal Román Ramírez, que, en los años de Cervantes, fue acusado de tener un pacto con Satanás por saberse de memoria libros de caballerías completos), moriscos que continuaban fieles a la ley mahometana y judíos que, de un modo u otro y también supuestamente, seguían ligados a su antigua fe. En el caso de los judíos que seguían observando la Ley Vieja o Ley de Moisés, con sus fiestas, prescripciones, proscripciones y preceptos en general (como los relativos a la alimentación, que debe ser kosher o pura, lo que supone evitar el cerdo o el conejo, el pescado sin escama o el marisco, y no mezclar la leche y la carne), se decía que judaizaban. El castigo oscilaba entre una pena económica y la pena capital. Una época especialmente dura para los conversos arranca de 1580, cuando Portugal pasó a formar parte de la Corona Española y entraron a España cristianos nuevos o marranos, convertidos a la fuerza en tiempos del rey Manuel. Instaladas estas familias en la corte de los Austrias, donde su poder económico les había abierto todas las puertas, su caída en desgracia llegó a mediados del siglo XVII.

Lo cierto es que el resto de Europa nunca acusó a España de haber activado la Inquisición para erradicar a los judaizantes. Más bien fue al contrario, como lo demuestra el caso de Erasmo de Rotterdam y su rechazo a la invitación que le extendió el Cardenal Cisneros para venir a España. Non placet Hispania, le dijo al prelado, porque la tenía por tierra plagada de judíos. En fecha reciente, un gran experto en la materia se ha hecho eco de los numerosos comentarios laudatorios a los Reyes que, por la expulsión de los judíos, le hicieron los intelectuales de distintas partes de Europa, incluidas las zonas protestantes, donde su población sólo se sentía molesta con la persecución que padecían sus correligionarios: Si Europa hizo la vista gorda sobre la persecución de los judíos y los moros, fue porque estaba convencida de que esas dos comunidades habían dejado huellas en España y seguían constituyendo un peligro para la fe cristiana; no se consideraba escandaloso que la Inquisición reaccionara brutalmente. Guillermo de Orange compartía este punto de vista. En su Apologie recogió los rumores que circulaban en Italia desde finales del siglo XV […] también para él los españoles eran un pueblo mestizo, contaminado por su larga convivencia con los árabes y los judíos; los españoles, que eran tan poco cristianos, no podían presentarse como defensores del cristianismo; ahora bien, eso era lo que hacían y lo que indignaba a los protestantes. Que atacaran a los judíos podía pasar, pero emplear los mismos métodos para perseguir a cristianos era inadmisible para Guillermo de Orange y los protestantes. Los millares de judaizantes ejecutados desde el fin del siglo XV no habían llegado a conmover a los europeos. Los luteranos condenados en 1559-1560 eran infinitamente menos numerosos, pero suscitaron la indignación y desencadenaron un movimiento de simpatía y solidaridad por parte de sus hermanos de religión. (Joseph Pérez, La leyenda negra [Madrid: Gadir, 2009], p. 88.)

En esta guerra ideológica se implicaron las prensas suizas, que arremetieron contra España en libros como la Histoire des Martyrs (1554) de Jean Crespin (quien, por cierto, era un gran helenista y un experto en el texto del Nuevo Testamento, lo que demuestra una vez más que la Reforma y el Humanismo estuvieron estrechamente vinculados) u otro de un tal Dryander (en realidad, todo apunta a que estamos ante un seudónimo bajo el que se ocultaría el protestante burgalés Francisco de Encinas), titulado Les principaux instruments du Seigneur pour mantener le vrai christianisme renaissant de notre temps en Espagne (¿Basilea o Ginebra?, entre 1560 y 1565). En Gran Bretaña, tras dos ediciones latinas de una obra de carácter más general, John Foxe denunció a los católicos o papistas en su Book of Martyrs, Acts and Monuments (1563). Este título tuvo un éxito sonado no sólo por lo que en él se decía sino también por las abundantes xilografías o grabados en madera que lo ilustraban.

festival de las brujas y de la magia, sallent de gallego 068No, ciertamente España no era un país cómodo para un reformista, pero tampoco lo era la Europa anglicana, luterana o calvinista para un católico; ni aquélla ni ésta eran el ideal de reformistas independientes como los españoles Miguel de Servet (gran científico y antitrinitario a quien dieron muerte los calvinistas en Ginebra) y Casiodoro de la Reina (nacido en 1520 y fallecido en 1594, su vida tuvo como fondo la poderosa España de Carlos V y Felipe II). Sus dificultades para vivir tranquilo en España no desaparecieron en el exilio, como de nuevo nos cuenta Joseph Pérez:

Tras huir de España, se había trasladado primero a Ginebra, pero no se sintió a gusto allí; le parecía haber vuelto a encontrar allí el fanatismo de la España inquisitorial; criticaba la intolerancia de Calvino; se le saltaban las lágrimas siempre que pasaba por la plaza en la que Servet había sido quemado. Entonces Casiodoro se instaló en Londres, donde lo acusaron de llevar una vida licenciosa (sodomía, etcétera) y de ser un hereje, porque manifestó demasiado abiertamente su simpatía por las tesis de Miguel Servet. Quisieron someterlo a juicio. Escapó a Francfort, donde se aproximó a los luteranos. Para lavarse de las acusaciones lanzadas contra él, volvió a Londres en 1578 y redactó una declaración en la que protestó su adhesión al calvinismo. Casiodoro es conocido sobre todo por su traducción española de la Biblia, directamente de los originales y no de la Vulgata.

En España, la estigmatización del converso había comenzado antes de que la Inquisición fuese introducida por orden de los Reyes Católicos. Concretamente, en 1449, la Sentencia-estatuto de Pero Sarmiento se propuso, por vez primera, privar a los conversos de su posición hegemónica en la ciudad de Toledo; sin embargo, esta persecución del converso, al que se privo de la posibilidad de entrar en las universidades, ocupar un oficio público, servir al rey con las armas o como funcionario, hacer carrera eclesiástica o emigrar a América, sólo es sistemática con la implantación de los Estatutos de Limpieza de Sangre. El primero en aplicarlos fue el Cardenal Silíceo en 1547 y en el ámbito de su diócesis toledana; luego, en 1566, Felipe II los haría extensivos a toda España. La obsesión por el linaje, así las cosas, tenía su razón de ser, aunque ello sólo podía desembocar en burlas como la de Cervantes en el Quijote (con un Sancho Panza que presume de ser cristiano viejo) y en dos entremeses: La elección de los alcaldes de Daganzo (donde los aldeanos analfabetos presumen, por eso mismo, de no tener una sola gota de sangre judía) y, sobre todo, el Retablo de las maravillas (donde dos timadores engañan a todo un pueblo al convencer a sus gentes de que sólo podrán ver su espectáculo teatral quienes tengan cuatro abuelos cristianos). La eliminación de los Estatutos de Limpieza de Sangre fue el lógico resultado del paso del tiempo, cuando apenas si había alguien con memoria de que sus antepasados hubiesen sido judíos.

A pesar de todo, y aun cuando los Borbones se propusieron sepultar para siempre ese pasado nefando de España, las disposiciones emanadas de los Estatutos sólo desaparecieron realmente en 1875, cuando, para acceder a ciertos cuerpos del Estado, se eliminó la exigencia de mostrar un árbol familiar limpio de máculas. La Inquisición entró en una fase de baja actividad con los Borbones para ser finalmente abolida por Real Decreto de 15 de julio de 1834, recién fallecido Fernando VII. La época más terrible del Santo Oficio o Santo Tribunal abarca, sin lugar a duda, desde su establecimiento hasta la coronación de Carlos V, con cerca de dos mil ejecutados; de ahí en adelante, y en los tres siglos y medio que estuvo activa, sumó otros mil ejecutados más. Son muchos muertos, sí, pues la cifra se mueve en torno a los tres mil ajusticiados; no obstante, ese número aproximado queda lejísimos de lo que dice la Leyenda Negra, que se refiere a muchos cientos de miles de muertos por la Inquisición española; además, hay que tener en cuenta que las persecuciones religiosas fueron no menos frecuentes en el caso de los anglicanos, luteranos y calvinistas, ni menos rigurosas en las propias aljamas judías y musulmanas, no digamos en Al-Andalus.

Los cálculos actuales de la represión de la brujería, especialmente dura en la Europa Central, dejan chica a la Inquisición española, pues rondan las sesenta mil ejecuciones. En uno y otro caso, no obstante, hablamos del pasado lejano; por el contrario, a día de hoy, las persecuciones religiosas las sufren, fundamentalmente, los cristianos católicos, ortodoxos, coptos o reformistas, tanto en África como en Asia, con decenas de miles de muertos en un solo año. En paralelo, el antisemitismo continúa poderoso en muchas partes del mundo.