MIGUEL CABRERA: LOS POCOS DÍAS GLORIOSOS

José Guadalajara

miguel cabreraA Miguel Cabrera lo conocí a través de un amigo común, Félix Jiménez, hace ya unos cuantos años. Compartimos entonces la misma mesa en la presentación de un poemario de Félix, en un auditorio de la localidad madrileña de Leganés. Desde un primer momento, me llamó la atención su semblante sereno, la pausada armonía de su palabra, la suave cadencia de sus movimientos. Era como si constantemente emanara un halo poético inseparable de su presencia.

Miguel Cabrera tiene también la tranquilidad del ajedrecista, esa meticulosidad necesaria para calcular combinaciones sobre el tablero. Alguna vez nos hemos visto las caras entre los trebejos blancos y negros. Mueve sus piezas con delicadeza, lo mismo que sus versos. Es minucioso en el ritmo, en la exactitud de la palabra, en la elección precisa de la jugada poética.

Esa voz nos ha ido dejando libros en su trayectoria vital de setenta y un años, desde que en 1945 naciera en Callao (Perú): Hogar de la semilla, Noche contra noche, Fardos de la memoria, Para alcanzar el más allá del día y La señal agazapada. Ahora acaba de publicar Los pocos días gloriosos, que ha presentado en Madrid en este mes de abril de 2016, en la Casa de La Rioja. En la fotografía, unidos en amistad y literatura, posamos un instante antes de iniciarse la presentación.

Miguel Cabrera nos lo recuerda en unos versos de La señal agazapada:

Y yo estoy aquí/del alba y del ocaso/atento/de pie/todavía/frente a todo.

LA VOZ DEL AUTOR

Para mí, este libro, Los pocos días gloriosos, es un viaje de la savia hacia la savia, de la esencia hacia la esencia, de la raíz a la raíz. Por eso, es muy importante el breve epígrafe del libro: “Palpitas/savia/sin vena”. Y los últimos versos del libro, cuando una voz habla de la montaña y exclama: “Cuanto poder/ en silencio inundándonos,/pero siempre el mismo poder”. Los pocos días gloriosos

Y por qué Los pocos días gloriosos, ¿por qué se llama así el libro? Porque son pocos los días en los que la persona ve la otredad, intuye la otra realidad, mete la mano y la revuelve como huevo a la que estuviera batiendo. Quizá por eso hay un poema que dice:  “Violentar la noche/para arraigar su cáscara/y nazca así/la yema.” Aquí la otredad es la noche, es la montaña, el corazón de piedra, la soledad, las estaciones de una eternidad palpable, la ciudad, el tren, el amor, el poder de la naturaleza. Sin embargo, en este poemario también existe la manifestación del vivir, de la afirmación del yo, de su despertar.

Trabajando los poemas comprendí que la montaña me hablaba, que a través de ella yo podía comprender y expresar mi más adentro. ¿Qué es la poesía sino esto? Captar lo sutil del ser más íntimo, más desconocido. Además, son poemas de la nocturnidad, aunque yo los hubiera concebido casi todos durante el día. Ahora no debería tener ninguna vergüenza de llamarles poemas de la claridad, no por mi propio realce, sino al comprobar cómo en la confluencia de la intuición poética y el pensamiento el escritor puede, a través del misterio de la escritura, comprender algo más del amor, del tren, de la montaña, del río, de la noche, del yo que vive y reflexiona. Es decir, “el poeta es capaz de intervenir directa y secretamente” en esa amplísima realidad, como se expresa en un poema inédito mío llamado: “Exhibiendo la cresta de lo oscuro”.