CUADERNO DE IDA Y VUELTA (FÉLIX JIMÉNEZ)

José Guadalajara 

De vez en cuando recibo un poema en mi correo, un relato o una novela. Félix Jiménez me pide que le dé mi opinión. En unos versos es capaz de definir sus motivos: “Escribo para que viva en tu cabeza / un viento enjaulado, una luz / cristalizada, un sonido abrazado / de silencios…”

Y se sorprende con un detalle, con un leve susurro, con una apariencia: “Yo, sin ir más lejos, / me he cegado con el reflejo / de un rayo de sol en un charco / después de la tormenta”.

Lo conozco desde hace unos buenos cuantos años, cuando, junto con Teresa Martínez, iniciamos una colaboración para un libro de texto. Al final, el libro no salió, pero sí una amistad confidente que, desde entonces, ha crecido en afectos, implicaciones y literatura. Juntos hemos recorrido caminos y ciudades con nuestras novelas: unas veces como presentadores; otras, como presentados. Nos hemos bañado en la misma playa y hemos pisado bosques, iglesias románicas y viejas calles entre palabras.

Félix Jiménez, que nació en La Torre, un pueblecito de Ávila, ama la poesía casi por encima de todas las cosas. Es profesor de Lengua y Literatura en un Instituto, actividad que comparte con sus pasiones vitales y literarias. Le gusta paladear un buen vino y una copa de Calvados, cortejar manteles de suculentas viandas y sosegarse en la tranquilidad contemplativa de los seres y los objetos. Sin el mar no sería Félix ni Jiménez.

Ha publicado el libro de poemas Entre la tierra y el agua (2004) y ahora, en 2011, va a salir su segundo poemario: Oleaje de nubes… y calma, en el que un día ―en una copia encuadernada― me puso esta dedicatoria: “Para José, con el deseo de que encuentre algunos versos que le hagan vibrar”.

Pero también le ha tentado la novela, de carácter intimista y con un estilo minucioso cuajado de valores estéticos. Así, en 2008, publicó 52 semanas y un día, seguida al año siguiente por Cuaderno de Ida y Vuelta, la obra que ahora nos presenta el autor en esta sección de Mis amigos escritores. Si caminamos por sus páginas, lo encontraremos; si observamos a sus personajes sentiremos sobre nosotros mismos todo el peso de llamarnos seres humanos.

 

Sólo el hombre busca señales

luminosas en la noche, desea

remover el agua dormida del lago,

prueba si el hielo de la charca

resiste su atrevida pisada.

Ser hombre es buscar la curva

que ―tal vez― oculta el bosque, nevar

de tristeza la copa del árbol, cerrar

los labios del horizonte, rociar

de pétalos la alfombra del mar.

 

LA VOZ DEL AUTOR:

No existe el mar fuera de mi cabeza…”

Cuaderno de Ida y Vuelta, novela corta en la que confluyen dos relatos, encierra una idea esencial que aparece impresa en un pensamiento de Jorge Santayana que sirve de introducción:”…aunque mantenga vida, se parece bastante a un desierto para simbolizar el desierto que es el mundo para el espíritu, a pesar de la multitud y el apremio que hay en él.”

He querido plasmar la soledad del hombre contemporáneo en muchas facetas de la vida. El mundo del creador ―pintor en este caso, pero bien se puede aplicar a escritores, músicos…― está poblado de hostilidad que no sopla a favor de la creación libre, independiente y profunda.

El protagonista viaja en un tren leyendo un relato emparentado con la novela negra.  Se suceden las escenas en un mundo frío, distante, sin espacio para los sentimientos nobles. El motivo del viaje se va desvelando con lentitud y vamos conociendo otro universo más real, pero no menos frío, agobiante y sin oxígeno para una mujer rebelde que pinta desgarradoramente y que es ignorada por sus paisanos de provincia. Una alegoría brillante que descubre dos mundos paralelos: literatura y realidad –―verosímiles los dos― unidos por una atmósfera vacía de sentimientos en la que los hechos se suceden alejados de cualquier paisaje cálido. Los pensamientos finales del protagonista que llega al final del trayecto se desparraman  por el frío andén solitario.

El cuidado y poético lenguaje con el que he querido envolver el relato lo he concebido con la intención de enlazar literatura y realidad, de sumergir al lector en una atmósfera de desasosiego que, a pesar de todo, le transporte placenteramente en este viaje literario.