ANTONIO DAGANZO: CARRIÓN

José Guadalajara

La sonrisa, quizá sea la sonrisa, a corta y larga distancia. Emana toda ella una cordialidad implícita, un halo de repentina sensibilidad que nos envuelve. Después vienen el manejo danzante de las manos y la ceremonia de la cabeza que, acompañada de las pulidas y ajustadas palabras, triscan joviales a nuestro lado. Enseguida, reconocemos a Antonio Daganzo.

Siempre ha sido el poeta, porque así lo conocí y lo conocimos. Y porque así también él mismo lo admite: “Soy poeta antes que narrador, de eso no cabe ninguna duda”. Pero ahora nos sorprende y nos lo encontramos vestido con ropajes de narrativa, caminando por los renglones de la prosa. Y es porque, aunque viejo degustador de historias, acaba de publicar Carrión, su primera novela.

Conocí a Antonio Daganzo a raíz de mi invitación para que participara en el I Encuentro de Escritores de Rivas Vaciamadrid, celebrado en marzo de 2010. Le propuse que interviniera en una mesa redonda sobre creación literaria, junto a Rosa Huertas, Jesús Jiménez y Roxana Popelka. Desde entonces, se ha convertido en una presencia constante, un amigo que ha compartido muchos momentos de literatura y que me ha regalado el don de su palabra.

Con Carrión explora la vida y el arte, se adentra en las costuras y tejidos interiores de los personajes, seres que transitan por el mundo de la memoria y que se convierten en personas vivas que caminan a nuestro lado. Carrión es una melodía de palabras, porque Antonio mima el estilo, se recrea en la forma y hace germinar en la prosa el verso de sus poemas. Y además sabe, magistralmente, cómo hacerlo:

“En la oscuridad severa y aglutinante de la alcoba, Juan Lucas despertó del breve sueño con el cansancio de haber trabajado en las galerías del alma y con la incertidumbre del pánico socavándole el torso”.

 

LA VOZ DEL AUTOR:

 

Tras ver publicados cinco poemarios y un amplio ensayo musical divulgativo, la aparición de mi primera novela tiene algo de reconciliación con mi propia creatividad. Soy poeta antes que narrador, de eso no cabe ninguna duda. Y, no obstante, mis primeros trabajos se movieron en la órbita del cuento, pues el lector precocísimo que fui había forjado su sensibilidad literaria inmerso de hoz y coz en la narrativa; concretamente en las grandes novelas del siglo XIX, y en las del paso entre los siglos XIX y XX. Por ello Carrión, con sus ecos de folletín y sus reglas de melodrama cuestionadas a cada paso, con la fluencia de su rico lenguaje, sus personajes analizados al microscopio, y sus ocasionales giros simbolistas que anhelan superar el realismo descriptivo, es mi particular homenaje a todo aquel admirable universo, donde la excelencia no tenía que pedir perdón para existir a diferencia de lo que ocurre ahora, “en esta nuestra edad de hierro”, que diría Don Quijote.

Dicen que las primeras novelas llevan siempre en su seno una fuerte carga autobiográfica. No lo niego con Carrión; y lo afirmo sin rodeos en lo que atañe al personaje de Rosendo de Castro, trasunto de un fascinante familiar que el infortunio me privó de conocer. Así de grande y de noble es la literatura, como arte de la palabra que es, pues pone justicia y poesía allí donde la vida pasa de largo ante la belleza.