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Nº XXVII (febrero-marzo): Del XV al XX: religión en España
por Sergio Guadalajara



DEL XV AL XX: LA RELIGIÓN EN ESPAÑA


 

Con todo su peso medieval, la Iglesia en la época de los Reyes Católicos continúa poseyendo un enorme poder e influencia en los reinos hispánicos. La piedad de la propia reina Isabel, impregnada de un fuerte espíritu religioso que transmitió a todos sus actos políticos,  podría llenar las páginas enteras de cualquier historia. El mismo rey Fernando, su esposo, dejó en su testamento esta frase sobre ella: “Era ejemplar en todos los autos de virtud y del temor de Dios”.

Los Reyes Católicos desempeñaron un papel de primer orden en una España unificada en la que habían convivido y peleado tres etnias: judíos, musulmanes y cristianos. Hechos claves en este sentido son la conquista de Granada y la expulsión de los judíos (Edicto de Granada, 31 de marzo de 1492), obligados a marcharse o convertirse, lo que dio lugar al denominado “problema converso”, paralelo al “problema morisco”, resuelto con la expulsión de éstos ya en época de Felipe III (1609).

La creación de la Inquisición o Tribunal del Santo Oficio en 1478 vino marcada por el deseo de los Reyes Católicos de mantener a raya cualquier desviación doctrinal y conservar así la integridad de la fe católica. Aunque su punto de partida fue combatir a los falsos conversos o judaizantes, pronto su campo de acción se fue extendiendo a otras prácticas como la brujería o la represión del protestantismo.

Éste, precisamente, fue el punto de mira de la siguiente centuria, ya con Carlos I y Felipe II en el trono. Por otro lado, la penetración de las ideas de Erasmo de Rotterdam en España, en la línea de una religiosidad más cercana a un cristianismo interiorizado, o lo que después se llamó devotio moderna, tuvo enorme difusión a lo largo del siglo XVI, sobre todo en su primera mitad (Carlos I le llegó a ofrecer una cátedra a Erasmo en la Universidad de Alcalá de Henares). Las obras de Luis Vives, Alfonso y Juan de Valdés, que vivieron fuera de España debido a sus problemas con la Iglesia, estaban impregnadas de erasmismo. Ésta, poco afín a esta tendencia, la combatió, lo mismo que hizo con los alumbrados (creían en un contacto directo con Dios por medio del Espíritu Santo y las visiones místicas. Destacaron los núcleos de los pueblos de Escalona y Pastrana con María de Cazalla y Pedro Ruiz de Alcaraz) y, ya en el siglo XVII, con el quietismo, cuyo principal representante fue Miguel de Molinos, autor de una célebre Guía espiritual publicada en 1675.

Las ideas reformistas dentro de la ortodoxia vinieron de la mano del Cardenal Cisneros. El estado de decadencia religioso, la incultura de la baja clerecía y la vida relajada de los altos dignatarios hacían necesaria una intervención. Un primer intento se dio, propiciado por Juan Arias Dávila, en el Sínodo de Aguilafuente en 1472, pero el verdadero empujón corrió a cargo del referido Cisneros, mano derecha de los Reyes Católicos, quien llegó a convertirse en regente a la muerte de Fernando. El impulso reformista de Cisneros afectó no solo a aspectos de religiosidad y organización eclesiástica sino a la vida cultural y universitaria en su conjunto con la creación de la Universidad de Alcalá y el patrocinio de la Biblia Políglota Complutense, que puso en manos de traductores y estudiosos los idiomas originales bíblicos y una traducción latina mejorada.



En la historia del cristianismo hispánico fue decisiva la celebración de un concilio ecuménico conocido con el nombre de Concilio de Trento (1545-1563), lo mismo que la respuesta católica a los protestantes en la denominada Contrarreforma, emprendida para contrarrestar el avance del protestantismo y alentar una reforma de la Iglesia. El Concilio de Trento, que se reunió a lo largo de veinticinco sesiones durante un espacio cronológico de dieciocho años, sentó las bases de una ortodoxia firme que, en temas religiosos, caracterizó la España de Felipe II. Al mismo tiempo, resultó de enorme trascendencia para la literatura y la libre expresión del pensamiento la creación en 1559 del Index librorum prohibitorum et expurgatorum, un listado que contenía los nombres de los autores y obras de los que la Iglesia prohibía su lectura. Este Index, supervisado por la Sagrada Congregación del Índice, se mantuvo hasta el año 1966.

No menor problema constituyeron los célebres estatutos de limpieza de sangre, un documento expedido para garantizar la ausencia de antecedentes judíos o moriscos. Se convirtió en una auténtica obsesión, pues alegar que se procedía de cristianos viejos posibilitaba el acceso a los cargos públicos e instituciones universitarias, órdenes militares y religiosas. Se mantuvo prácticamente hasta el año 1870 desde sus orígenes en la conocida Sentencia-Estatuto de Pero Sarmiento, dada en Toledo en 1449.

Muy arraigadas en la historia religiosa hispánica son, por otra parte, las reformas emprendidas por algunos frailes y monjas para devolver a sus órdenes a la pureza primitiva. Constituyen casos muy conocidos las de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, entregados a la renovación de la orden de los carmelitas (fundaron la Orden de los carmelitas descalzos) y que llevaron a cabo con notable esfuerzo, modificando estatutos y fundando  nuevos conventos. Ambos son además protagonistas de una manifestación de extrema religiosidad conocida como mística, que presupone un contacto directo entre el alma y Dios. Propició esta tendencia una abundante literatura religiosa, lo mismo que la corriente de ascetismo tan profundo que marcó la España de los Austrias, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVI. El arte de este periodo reflejaría muy bien, tanto en música, pintura, escultura e imaginería, la poderosa huella del catolicismo en la elección de los motivos artísticos. Baste la mención de Zurbarán, Murillo y sus Inmaculadas, Alonso Berruguete con sus tallas de Vírgenes y santos en madera y Valdés Leal con sus pinturas tenebristas y motivos ascéticos (cuadros Finis gloriae mundi y In ictu oculi). La vida cotidiana, con sus procesiones, autos sacramentales, prácticas devotas, catecismos, misas, romerías, etc., destilaba un aire religioso que impregnaba a todas las clases sociales.

El siglo XVIII, sin embargo, con la razón como guía y su búsqueda de la felicidad terrena y con la Revolución francesa como trasfondo, supuso un enfoque diferente de la vivencia religiosa, al menos para la clase intelectual de los ilustrados que dejaron sentir su influjo sobre la sociedad dieciochesca. El regalismo fue motivo de enfrentamiento con el Papa, y el Concordato de 1753 reguló las relaciones entre la Iglesia y el Estado en tiempos de Fernando VI, Concordato que sería sustituido por el de 1851, ya durante el reinado de Isabel II. Hechos de gran relevancia en este periodo fueron la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 y los primeros intentos de desamortización eclesiástica (Godoy, 1798), que se verán especialmente cumplidos durante la centuria siguiente (Mendizábal, 1835 y Pascual Madoz, 1855).

La Ilustración fue muy crítica con la religión y la sociedad del momento. La célebre frase del historiador francés Paul Hazard, “crisis de la conciencia europea” (en realidad, esta frase referida al periodo 1680-1715 es el título de uno de sus libros), expresa perfectamente los cambios que se produjeron en Europa durante el siglo XVIII. De enorme importancia fue el profundo proceso de secularización que afectó a todos los órdenes de la vida y que en España no alcanzó, por la fuerza e influencia social de la Iglesia, las cotas que en otros países de Europa, sobre todo en Francia. Solo una minoría adoptó un espíritu más independiente con respecto al catolicismo, mientras que el pueblo continuaba aferrado a sus costumbres tradicionales y religiosidad popular bajo la influencia de un clero distante y enemigo de las ideas volterianas y del espíritu racionalista de la Ilustración.

La tendencia hacia el laicismo, sin embargo, se incrementaría a lo largo del siglo XIX con la entrada del partido liberal en el gobierno y el espíritu de las diversas Constituciones tras la muerte de Fernando VII en 1833, año también de la supresión de la Inquisición. Toda esta etapa supone un enfrentamiento muy marcado entre una clase social reaccionaria y los partidos progresistas, que ambicionaban una mayor libertad en todos los sentidos. El reinado de Isabel II no modificó en gran medida el influjo de la Iglesia, que siguió amparada por un Estado confesional; no obstante, el derrocamiento de la reina en 1868 y el posterior Sexenio revolucionario supondrían un avance del laicismo. Así, la Constitución de 1869 reconocería la libertad religiosa y el matrimonio civil. Sin embargo, el último cuarto del siglo XIX significó una recuperación considerable de la Iglesia en todos los terrenos, debido a su presencia mayoritaria en la enseñanza (a pesar del desarrollo de la escuela laica, favorecido por la creación de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos) y la difusión de los Círculos Obreros Católicos.


Ya en los albores del siglo XX el panorama no es muy distinto, si bien episodios como la Semana Trágica de Barcelona (1909) pondrían en evidencia la hostilidad contra el clero por parte de la clase obrera. Es la Constitución de 1931, durante la Segunda República, la que inserta un artículo de enorme valor en la tendencia hacia la aconfesionalidad: “El Estado español no tiene religión oficial” (art.3). Pero, tras el triunfo en la Guerra civil del bando nacional, el catolicismo vuelve a recuperar una influencia enorme y a convertirse en el rasero moral del nuevo Estado. El cambio verificado con respecto a la Constitución republicana puede verse reflejado en este pasaje del Fuero de los Españoles de 1945: “La profesión y práctica de la Religión Católica, que es la del Estado español, gozará de la protección oficial”. Son los tiempos del nacionalcatolicismo. La celebración del Concilio Vaticano II (1962-65) incluiría ciertas propuestas de renovación dentro del catolicismo tradicional que también llegarían a España.

La instauración de la democracia tras la muerte de Franco cambió el marco de relaciones con la Iglesia. La Constitución del 78 en su artículo 3 proclama que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. En la actualidad, la presencia de la Conferencia Episcopal Española se hace visible sobre todo cuando los medios de comunicación difunden sus opiniones sobre temas de moralidad, sexualidad y matrimonio.









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Publicado en: 2012-02-04 (589 Lecturas)

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