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Nº XVIII (junio-julio): La caballería medieval
por Julián Moral



La caballería medieval


 

    La época de la caballería, atendiendo a la acepción del vocablo que hace referencia al ideal social-feudal que implicaba una serie de actitudes (valor, lealtad, largueza, nobleza, cortesía...), rituales y normas de actuación como signos externos de una ideología del honor, se podría encuadrar –siguiendo a los más reputados medievalistas- entre el año 1000 y el primer tercio del siglo XVI.

 

    Al hablar del ideal caballeresco como fenómeno social-feudal, conviene señalar de principio que la caballería como estilo de vida toma forma en un contexto europeo que, aunque con diferentes tradiciones, creaciones literarias y estratificación feudal y desarrollo social, termina por significar una evidente unidad ético-ideológica; una completa escala de valores para el universo feudal occidental que durante siglos se nutre de un espíritu caballeresco fundido y conformado de elementos guerrero-militares, aristocrático-corteses y religioso-cristianos.

 

    En este breve acercamiento a este fenómeno social e ideológico, y yo diría estético, que significó el espíritu caballeresco, me centraré de forma sucinta en tres cuestiones: una, lo que hubo en la caballería de dinámica de lucha por el ascenso y mantenimiento del estatus social; dos, el grado de relevancia que la caballería tuvo en la sociedad feudal; tres, en el análisis de su conformación, evolución-reafirmación y crisis. Respecto de esta tercera cuestión, y a grandes rasgos, la caballería pasa por cuatro diferentes etapas: I) de creación o formación de un ideario ético-moral-jurídico; II) de realidad social, funcional y jurídica; III) de crisis funcional con mecanismos de ajuste para su pervivencia; IV) de pérdida de función ante las nuevas realidades políticas, sociales y militares.

 

    Respecto de las dos primeras cuestiones: lo que significó el ideal caballeresco (la caballería) en la dialéctica de la estratificación social-feudal y su relevancia funcional, habría que partir del enfoque del papel social de la caballería como servicio a la sociedad feudal. La caballería, en buena medida, era una forma de interpretar el papel social de una clase dominante en términos de función militar; de ahí su relevancia. Pero el esfuerzo, la virtud, la valentía y la honradez, que implicaban nobleza de comportamiento (no sólo de linaje), abría las puertas a cierto grado de movilidad social. Los grandes señores territoriales feudales necesitaban de hombres de armas de menores recursos y éstos, a su vez, de la largueza de los grandes señores: dinero, armas, tierras, matrimonios ventajosos...

 

Las canciones de gesta, la prosa y la lírica trovadoresca reflejan ya las tensiones que en los siglos XI y XII unieron a la alta nobleza y lo que se podría llamar caballería profesional (de más baja nobleza) en un todo sustentado en un código caballeresco en proceso de formación y reafirmación. La idea del esquema social alto feudal: guerreros para hacer respetar por las armas la justicia o el estatus; clero para atender las necesidades espirituales; campesinos y menestrales que con su trabajo proveían sus necesidades y las de los otros dos estados, daba cobertura ideológica y funcional relevante a la caballería como orden especial, como ideal y modelo de vida y como una posibilidad de ascenso social meritorio.

 

 

El siglo XI fue muy importante en la historia militar de la Edad Media y en el nacimiento del “corpus” caballeresco. En una época en la que no había grandes poderes centrales, los caballeros feudales (la caballería), con su organización y entrenamiento para la guerra, estaba llamada a jugar un importante papel social-feudal y militar. La iglesia y la clerecía, con sus tratados y prédicas sobre la deseable organización de la sociedad cristiana, influyen acerca de cómo los hombres de armas debían comportarse, sobre todo los caballeros. Había que reconducir la rudeza de la nobleza guerrera hacia un fin superior que diera cobertura ideológica cristiana al mantenimiento del esquema social feudal. Prevenciones, cánones, concilios y censuras eclesiásticas para  reglar las hostilidades remarcan y ordenan, cada vez más, la función caballeresca. A finales del siglo XI la Primera Cruzada y las posteriores órdenes militares (Temple, etc.) dan un fuerte impulso al ideal caballeresco; en este siglo y principios del siglo XII, la alta nobleza feudal y la baja nobleza militar participan ya del vínculo común del culto caballeresco con un código ético-religioso-militar-social estructurado, o en vías de estructurarse.

 

Las referencias a la caballería como orden son ya frecuentes en Chrétien de Troyes, que escribía entre 1160-1185. A través de las novelas caballerescas, la escala de valores de los cantores de gesta enlaza con la poesía épica y heroica clásicas y bíblicas (Troya, Roma, Alejandro, Josué, Judas Macabeo...) y la sociedad feudal de los siglos XII y XIII los hace suyos reafirmando y terminando de conformar la escala de valores del ideal caballeresco. Por otro lado, una sociedad que se vuelve cada vez más refinada y culta incorpora la cortesía (estilo de vida y actitudes de las cortes medievales) al ideal caballeresco. Las novelas de caballerías y la “causo” trovadoresca, dieron a la caballería y sus valores una potente base simbólico-ideológica y formal coherente, capaz de resistir y apuntalar las discordancias que pudieran surgir entre función y estatus social: caballería, linaje, cortesía y literatura caballeresca y cortés van ya estrechamente interrelacionadas.

 

El primer tratado sistemático sobre caballería data de entre 1170-1180 (Livre des Manieres, de Etienne de Fougères, obispo de Lisieux); modelo después consagrado en la obra de Ramón Llull: Libre de l´ordre de caballería (1275) o en el Livre de chevalerie de Godofredo de Chamy y en las biografías de caballeros relevantes: Arnold de Adrés y Guillermo el Mariscal; incluso en el código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio.

 

Este período de plena realidad social-jurídica del código de honor caballeresco tiene su fuerte refrendo funcional por la plena coincidencia y vigencia del espíritu de las Cruzadas. Las Cruzadas implican una infusión positiva en el hábeas ideológico-funcional de la caballería, pues en ellas se cumplen las mayores expectativas caballerescas: aventura, fama, recompensa terrenal, y en la otra vida, posibilidades de ascenso social, etc., y justifican a la caballería como institución de la sociedad feudal.

 

 

“El período de verdadero feudalismo, en el que florece la caballería, se cierra ya en el siglo XIII. La utilidad social del ideal caballeresco se había debilitado ya extremadamente”, señala Johan Huizinga en su clásica obra El otoño de la Edad Media. En el siglo XIV el potente impulso social caballeresco dejaba parte de su protagonismo fundamental a otros ideales o agentes más prosaicos: comercio-comerciantes, dinero-banqueros, príncipes-políticos-juristas con visiones centralistas o centralizadas de la organización del poder feudal. Cuando la nobleza de linaje toma conciencia de que el camino del ascenso social dejaba de estar absolutamente vedado al talento, al matrimonio, al valor o a la riqueza, su reacción fue cerrar filas y tratar de dotar de nuevos contenidos formales y rituales a una institución que entraba en crisis funcional. De ahí que aumentara el ritual ostentoso y espectacular (torneos, justas, pasos de armas...) que ya se daban, efectivamente, en la etapa anterior, pero con un carácter más práctico y funcional, como entrenamiento para la guerra y como forma de fomentar el espíritu caballeresco. No debe extrañar, pues, que, a partir del último tercio del siglo XIII, formar parte de la caballería comience a tener un fuerte sentido clasista, conservador y corporativo: “ningún hombre que no pudiera señalar algún caballero entre sus antepasados podía ser elegido para ser hecho caballero”, señala Maurice Keen apoyándose en una ordenanza de Federico II de la primera mitad del siglo XIII.

La gran proliferación en esta etapa de órdenes seglares (de la Banda, fundada por Alfonso XI en 1330; de la Jarretera, Eduardo III 1348; de la Estrella 1351, y las posteriores del siglo XV del Toisón de Oro 1431; del Cisne 1444...) buscaban ya y defendían intereses corporativos para reforzar privilegios de la nobleza de linaje. Además, en este período, el peso de los mercenarios se deja sentir en todas las acciones bélicas; el alto ideal caballeresco de otros tiempos se ha transformado, en la mayoría de los casos, en guerras de rapiña.

Las diferencias entre los rangos de la nobleza en la tardía Edad Media se habían hecho evidentes; la alta  nobleza enriquecida cada vez más era la más interesada en ofrecer un ideal de clase manteniendo viva la llama del ideal caballeresco para preservar su estatus. Fue esta clase la que impulsó en esta época las demostraciones externas: juegos de armas (sobre todo los pasos), ceremonial recargado y ostentoso...; todo acompañado con un nuevo impulso literario que añadía un aroma novelesco señorial y honorable al linaje asociado a glorias pasadas y siempre a la búsqueda del reconocimiento social que los altos objetivos de la caballería habían significado en el pasado. Los pasos de armas del siglo XV, protagonizados por caballeros como Jacques de Lalaing, Suero de Quiñones, etc., están más cerca de una representación teatral que de un práctico entrenamiento para la guerra. Tenían una función propagandística e ideológica y se insinuaban ya como un signo de decadencia.

Ya a finales del siglo XV y el primer tercio del siglo XVI la caballería se vuelve aún más ostentosa, recargada, ceremoniosa, alambicada de simbolismo, como buscando encajar en los nuevos tiempos históricos. Monarcas de Estados absolutos: Francisco I, Carlos V, Enrique VIII se erigen en paladines del ideal caballeresco. Pero ya se habían producido profundos cambios en las estructuras políticas y sociales y en la manera de hacer la guerra (infantería, artillería, ejércitos nacionales); la idea de la guerra como función especial y casi privada de la nobleza entraba definitivamente en crisis y con ella la caballería.

 

 

Cervantes, en El Quijote, nos pone en la justa dimensión de su defunción definitiva: el ideal caballeresco pervive y pervivirá hasta el siglo XIX, pero la figura del caballero resulta ya esperpéntica. Los entuertos no los resuelve (o los complica) ya el caballero, los resuelven o complican los cuadrilleros de la Santa Hermandad.

 









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Publicado en: 2010-05-31 (1154 Lecturas)

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