LOS REYES MAGOS: LEYENDA, EXÉGESIS, ICONOGRAFÍA

Julián Moral

 

Uno de los acontecimientos principales que conforman la liturgia navideña, la Adoración de los Magos, solo tiene una alusión directa –aunque muy imprecisa— en el Evangelio de Mateo (2.1-12). También se encuentran algunas referencias en los Evangelios apócrifos.

El Evangelio de Mateo vincula a los magos (no nombra reyes) con el nacimiento en Belén de Judea de Jesús de Nazaret al que van a visitar siguiendo una estrella brillante y portando unos dones: oro, incienso y mirra. Oro para un rey, incienso para un sacerdote y mirra para un sanador —deducen exegetas y eruditos—, de lo que se infiere, a su vez, que eran tres los personajes, si bien el Evangelio no da noticia de los nombres ni de la procedencia precisa.

El Evangelio de Mateo sitúa el hecho en los días del rey Herodes el Grande, ante el que comparecen  primeramente los Magos en su palacio. Después, entrando en la casa que señala la estrella (no se menciona portal, ni cueva, ni pesebre), adoran al niño, entregan los dones y, avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, retornan a su tierra por otro camino.

Conviene aclarar de principio que el término mago, del griego magoi, derivado de magu (nombre que recibían los sacerdotes de la religión zoroástrica en la antigua Persia), no venía referido en el mundo antiguo al que practicaba la hechicería o la magia ritual, sino a hombres sabios, sacerdotes-astrólogos, portadores de un saber multidisciplinar. La interpretación de los astros, para conocer, encuadrar y, en lo posible, controlar los ciclos vitales de la naturaleza, regular los calendarios y fiestas estaciónales y pronosticar acontecimientos regios o divinos, era muy corriente en las civilizaciones antiguas y siempre en conexión con una cierta visión astral de la religión y el poder temporal.

Hecha esta aclaración sobre la posible naturaleza de los magos de Mateo, se puede señalar que durante el primer judeo-cristianismo y posterior cristianismo, sujeto ya al canon de Nicea, el asunto de los Magos en la exégesis y liturgia era bastante irrelevante, si bien es cierto que ya Orígenes (s. II-III), en su alegato contra Celso, defiende la veracidad mesiánica de la estrella apoyándose en Balan, el mago bíblico.

La aparición de anónimos haciendo referencia a leyendas de magos, estrellas y personajes de la Biblia comenzó a ser una realidad imprecisa en los primeros siglos del cristianismo. Una leyenda atribuida a Sexto Julio el Africano (160-240) sitúa en Persia el comienzo de una estrella, unos magos y el nacimiento de un rey en una gruta que era un templo pagano. Se cree que hubo una gruta en Belén dedicada al culto de Adonis, como vemos en esta referencia de S. Jerónimo: “En la gruta donde el niño Jesús emitió sus primeros vagidos se lloraba al amante de Venus”.

Sobre esta gruta edificó una iglesia Constantino en el siglo IV, reedificada dos siglos después por Justiniano. Esta iglesia se salvó de la destrucción en la invasión persa sasánida, porque se representaba en ella a los Magos con vestiduras persas.

La primera referencia a los nombres de los Magos se encuentra en la iglesia de San Apolinar Nuovo, en Rávena, en un friso de mosaicos de mediados del siglo VI que representa una procesión encabezada por tres personajes con gorros frigios y ropajes persas en actitud oferente a la Virgen, sentada sobre un trono y con el niño Jesús en las rodillas. Sobre las cabezas de aquellos se leen sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar; nombres que se generalizan después por una interposición hecha en la Historia Escolástica de Pedro Comestor, escrita hacia 1178.

Aparte de las leyendas orientales, una de las primeras manifestaciones literarias de tradición popular castellana es el llamado Auto de los Reyes Magos, del que se conserva un fragmento fechado en la segunda mitad del siglo XII. En el Cantar de Mío Cid encontramos también los nombres de los tres Reyes Magos, aunque Menéndez Pidal señaló en su momento la posibilidad de que el pasaje fuese una interpolación posterior al original.

Por otro lado, una leyenda medieval cuenta que el apóstol Tomás, que, según el apócrifo Hechos de Tomás, predicó en Oriente, encontró a los Magos en Saba-India, los cuales fueron bautizados, se consagraron obispos, martirizados en el año 70, depositados en un solo sarcófago y sus restos llevados posteriormente a Constantinopla por Santa Elena, madre de Constantino. Más tarde fueron trasladados a la basílica de San Eustorgio en Milán hasta que, tras el saqueo de la ciudad por Federico I Barbarroja (1158), fueron depositados en  la catedral de Colonia, en 1164. La supuesta tumba de los Reyes Magos se vinculaba así al Imperio Romano Germánico, en un claro intento de santificar el poder derivado de la gracia divina para reyes y emperadores y contrarrestar las injerencias papales en el poder terrenal.

Y es que ya en la alta Edad Media, los siglos del gótico y las Cruzadas, la baja Edad Media, Renacimiento y Barroco, la liturgia, ritual, reliquias y las expresiones pictórico-iconográficas sobre los Reyes Magos se popularizan sobremanera en el mundo cristiano. Después, la costumbre de figuración ritual belenista barroco-manierista y posteriores, funden el mito y el rito con el añadido del fuerte componente comercial de los regalos y el misterio de la escenografía oriental. En España la fusión religiosa (Epifanía-Reyes Magos) y comercial-sentimental (fiesta de los regalos) parece remontarse al siglo XIX. No obstante, conviene señalar que prácticamente toda la simbología-escenografia del “portal de Belén” (pesebre, buey, asno, camellos…) se debe a los apócrifos no canónicos: Pseudo-Mateo, Protoevangelio de Santiago y Evangelio armenio de la infancia.

Pero quizá más importante que la cronología de la Epifanía sea analizar tres aspectos de ella:

  1. ¿Qué encierra el pasaje de los Magos, ausente en los otros evangelios canónicos?
  2. ¿Cuál fue el contenido esencial de la exégesis desarrollada sobre los Reyes Magos
  3. ¿Cómo fue el proceso de popularización e incorporación a la simbología e iconografía navideñas?

 

Sobre lo primero podemos señalar que la mayoría de los expertos sitúan la composición del Evangelio de Mateo entre el 75-80 d. de C., aunque su redacción  final, retocada y actualizada, se suele datar en el año 90 d. de C. en Alejandría, donde existía una importante comunidad judía. Quizá un rasgo de la formación filosófica del Mateo evangelista nos lo señale el apócrifo Evangelio de Tomás, donde Jesús requiere a sus discípulos: “Comparadme con alguien y decidme a quién me parezco”. Mateo responde: “Eres un filósofo sabio”.

Entre los estudiosos del Evangelio de Mateo existen coincidencias que señalan que pudo haber sido escrito pensando en las comunidades judeo-cristianas helenizadas de Egipto y Asia Menor, en las que las leyendas y religiones astrales, nacimientos virginales de reyes y señales celestes estaban muy presentes. Estos estudiosos no dudan en señalar en el autor del Evangelio de Mateo una formación religioso-filosófica influida por mitraísmo y por las especulaciones astrológicas caldeas, persas y osiríacas. También señalan el fuerte paralelismo entre la figura de Mitra (dios de la luz en Persia, unos mil años a. de C.) y la de Jesús, y el fuerte arraigo del mitraísmo en el mundo greco- romano oriental en competencia con el cristianismo hasta el siglo IV.

El relato de los Magos de Mateo podría ser una concesión a las creencias sobre Mitra y a la vez un relato de subordinación del mitraísmo al cristianismo, escenificado por la adoración de los magos-sacerdotes y adornado con posibles fenómenos astrales observados por aquellas fechas, como, por ejemplo, la confluencia de Júpiter-Saturno (año 7 a. de C.) o el avistamiento del cometa  Halley en el reinado de Herodes el Grande en el año 11 a. de C. Todo ello conectado, a su vez, con las profecías del rey–mesías de la casa de David y con Jesús de Nazaret.  Pero quizá los principales versículos de apoyo sobre la visita de los Magos se encuentren en el tercer Isaías, 60, 3-6: “Las naciones irán hacia la luz y los reyes se desplazarán hacia tu resplandor naciente”.

Sobre el segundo aspecto debemos señalar que los primeros exegetas y padres de la Iglesia en sus apologías invirtieron la realidad al acusar al mitraísmo de plagio del cristianismo, cuando la cronología histórica sitúa al mitraismo como anterior en muchos siglos. Hecho este pequeño apunte, se puede precisar que ya a partir de los siglos III-IV existe una literatura exegética sobre los Magos.

El Comentario al Evangelio de Mateo del obispo Hilario de Poitiers (s. IV) en relación con el pasaje de los Magos se centra en la virtualidad de los capaces de ver la luz (los gentiles) y estigmatiza la crueldad y ceguera de los judíos. Para Hilario el pacto de Dios con el pueblo elegido, Israel, se desplaza a los pueblos no judíos que ven la luz y rinden adoración al Mesías a través de los sacerdotes-magos de Oriente. León Magno (s. V), que establece el número de tres para los Magos, habla de su simbolismo en sus sermones  para la Epifanía, en una línea exegética que resalta también el significado de la luz de la estrella como guía de gentiles. San Agustín también abunda en este sentido. Como vemos, poco a poco la exégesis asumía que determinados pasajes de los Evangelios requerían una mayor relevancia canónica, sobre todo si no tenían que ver con el núcleo doctrinal, pero sí, por el contrario, encerraban un fuerte potencial de tradición amable y colorido oriental, como era el caso de los Magos.

Ya en la baja Edad Media, el anónimo texto castellano (puede ser del s. XV) Historia de los Reyes Magos se basa en el relato de Mateo, pero no es un libro histórico, como parece señalar el título, sino una más de las obras exegéticas que redunda en lo señalado en otras y hace hincapié, sobre todo, en la virginidad de María. La tradición y leyendas medievales y posteriores han ido añadiendo a su vez detalles simbólicos: los Magos como representantes de las tres edades del hombre o también relacionados con la leyenda del Preste Juan.            

Sobre la tercera cuestión, esto es, el proceso de popularización e incorporación a la iconografía religiosa, sobre todo la navideña, hay que reconocer que, por encima de interpretaciones figuradas, históricas, exegéticas o teológicas, el pasaje de los Magos (si hacemos abstracción de la matanza de los inocentes, desechada por antihistórica por la mayoría de historiadores), es quizá uno de los más amables, enternecedores y mágicos del Nuevo Testamento. Tiene por tanto su lógica que la jerarquía eclesiástica, cuando toma certeza de su popularidad, impulsara la Epifanía apoyándose en la creación artística, pictórica y escultórica sobre todo, y la leyenda literaria.

Para terminar conviene destacar que en el lento proceso de fusión de los cultos y ritos paganos con la mitología y culto judeo-cristiano y cristiano, las fechas de las festividades de los primitivos cultos solares agrarios tuvieron su reflejo mimético en las festividades de la nueva religión: Pascua, Natividad, Epifanía, etc. En opinión de eruditos e historiadores, la fecha del nacimiento de Cristo (25 de diciembre, fecha del solsticio de invierno del Imperio Romano en el hemisferio norte), no fue fijada por la Iglesia Católica hasta el siglo IV, adaptándola a una celebración pagana de culto al Sol. En Egipto el 6 de enero era la festividad del nacimiento anual de Osiris, día de la aparición en el horizonte de la brillante estrella Sirio, coincidente con la crecida fertilizante de las aguas del Nilo.

Pero ahora, ya en la actualidad, la desvinculación de las festividades navideñas de sus orígenes agrícolas y religiosos han convertido estas fiestas en una celebración bastante cargada de comercialización y vacuidad consumista.