EL DIABLO: MITO Y TEOLOGÍA

Julián Moral

 

demonio1Actualmente resultaría complicado negar la universalidad de un gran número de entes representativos del mal, instalados en las proyecciones míticas de los más diferentes pueblos y periodos arcaicos. A partir del pensamiento religioso monoteísta más evolucionado, la fundamentación exegética y teológica desplaza el peso de la prueba del mal a la soberbia y engaño de los espíritus o ángeles rebeldes que indujeron a los seres humanos a la desobediencia y el pecado.

La esencia de lo genéricamente calificado como mal es atribuido en todo tiempo y lugar a fuerzas adversas a la positividad armónica, creándose así, en el devenir del tiempo y los distintos lugares, diferentes epifanías del mal con sus complejas elucubraciones e iconografías. Las situaciones de hostilidad y bondad de la naturaleza y la historia, incomprensibles para el ser humano, llevaron a éste a proyecciones fantásticas en su imaginación de seres benévolos y malévolos (dioses, ángeles, demonios) en un intento de comprender y controlar la dualidad del mundo.

En un universo cosmogónicamente activo en términos de oposición de contrarios, tenían su lógica primigenia las construcciones mentales sustentadas en entes del bien y entes del mal. Pero interesa señalar que hasta la concepción religiosa monoteísta y su afirmación como doctrina, que no deja de ser un pensamiento y reafirmación relativamente tardíos en la historia de las ideas religiosas, los monstruos, seres o entes primigenios, personificaciones del mal, tenían, como los dioses, su propia dinámica cosmogónica autónoma. Eran entes maléficos nacidos del sentimiento de agresión de los fenómenos naturales desastrosos, del padecimiento existencial, el dolor y la muerte, que regían el mundo desde la negatividad disgregadora para la existencia y supervivencia del grupo. Este podría ser el esquema para el pensamiento mágico-animista-fetichista del origen del mal que, con el paso del tiempo, se explicitaba en figuras verbalizadas o visualizadas iconográficamente, generalmente con atributos y aspectos terroríficos y disfuncionales, prototipos y arquetipos del caos.

demonio3Quizá el universo más rico, evolucionado y cercano a una visión occidental de estos seres del mal se encuentre en el acervo mitológico de los pueblos indoeuropeos, indoiranios, mesopotámicos y hebreos y en los pueblos del mundo mediterráneo antiguo. En Mesopotamia aparecen algunas de las formas y nociones más antiguas de demonología y que más influyeron, junto con el mazdeísmo iranio, en el pensamiento hebreo del exilio y postexilio y el posterior judeo-cristiano, en ese tránsito de las construcciones prelógicas mágico-animistas del mal a concepciones míticas, ético-espiritualistas y teológicas.

Varios libros y documentos sagrados mentados en la Biblia, anteriores a ella, perdidos o deliberadamente eliminados, debieron contener –en opinión de mitólogos como Robert Graves y Raphael Patai- múltiples referencias míticas a dioses, espíritus benéficos y maléficos antes de que el monoteísmo terminase de borrar cualquier residuo politeísta que pudiera comparar a Yahvé con cualquier dios local de los muchos en disputa.

El mito de Lucifer (Helel ben Shahar: hijo de la aurora) era conocido en el mundo mesopotámico y hebreo prebíblico, siendo en origen el planeta Venus, según opinión de los mitólogos mentados. El mito de su caída guarda un gran paralelismo con el mito griego de la caída de Faetón, hijo del Sol (Helios), aunque su origen se encuentre en el primer imperio babilónico. También algunas tradiciones asirio-babilónicas y hebreas hablan del dios que formó a Lilith, una mujer diablesa; de su unión con Adán salieron Asmodeo y gran número de demonios.

Satanás en la mitología hebrea se asimilaba como “enemigo o acusador”. Existían alusiones prebíblicas al ángel Samael, “alias Satanás”, entre los hititas arameos, pero también la serpiente de la tentación se identifica en la tradición hebrea con uno de los ángeles rebeldes: el propio Samael. Incluso los libros del canon sagrado hebreo-judaico conservan algunas oscuras referencias míticas y restos politeístas: monstruos marinos (Leviatán), gigantes y, en general, una asignación de propiedades malignas a los dioses de sus enemigos cananeos, amorreos y filisteos.

demonio2A partir de la progresiva concepción monoteísta del judaísmo, se procuró expulsar toda sombra de politeísmo de los textos sagrados, si bien era evidente que en ella subyacía la noción perversa del origen en Dios del bien y el mal o, cuando menos, la permisión del mal a otras entidades por delegación o simple dejación de poder.

De cualquier forma, la creencia en el diablo no se encuentra en el Pentateuco. Solamente a partir de los escritos posteriores al destierro babilónico aparecen estas “criaturas”. La influencia mazdeista-zoroastrista del exilio queda patente.

El Génesis, en opinión de historiadores y exegetas, comenzó a ser revisado con fines moralistas a partir del siglo VI a. de C., iniciándose después la sistematización del mundo demoníaco en un contexto religioso que finiquitaba la interpretación mágico-animista y potenciaba la idea de la lucha cósmica entre Yahvé y el “espíritu del mal”. El diablo personalizado comienza a ser mentado en Isaías, Henoch, Tobías, Ezequiel o, ya en el Nuevo Testamento, bajo nombres como Satán,  Belcebú, demonio, diablo, bestia, dragón…

Los entes diabólicos arcaicos y de la remota antigüedad histórica podían representar seres terroríficos, perversos o monstruosos, incluso divertidos a veces, pero el papel del mal absoluto, contrapuesto al bien absoluto del Creador, solamente comienza a ser una realidad a partir de la asunción monoteísta judaica, cristiano-judaica y el posterior canon cristiano y la exégesis islámica. Ya no se trata de espíritus malignos que actúan de forma inconexa e irracional, sino de una entidad contrapuesta a los objetivos de Dios y con autonomía de actuación para arrastrar a los humanos al mal y a la perdición.

demonio5El catastrofismo cósmico e histórico del mal da paso  al pecado y la decadencia ético moral. En la doctrina judía, cristiana e islámica la caída de Adán y Eva, el pecado y el castigo, tenían que enlazarse con una figura: el “príncipe del mal”, capaz de hacerle la competencia al Altísimo, pero exculpándolo al mismo tiempo de la malignidad del mundo. Porque – y sobre todo en la doctrina del Nuevo Testamento- desde la perspectiva de un Dios único omnipotente, el origen del mal no encajaba con un Dios de bondad y justicia.

En el primer cristianismo, la dicotomía bien-mal se sustancia –sobre todo en San Pablo- en la bipartición: pecado-diablo, salvación-Dios, pero también con reminiscencias míticas esenias: mundo de la luz-creyentes, mundo de la oscuridad-no creyentes. A la vez, la beligerancia contra gnósticos y herejes se articula en una implacable demonización de éstos.

Pero la exégesis y teología diabólicas son uno de los capítulos donde más se resiente la doctrina cristiano-católica-ortodoxa y protestante por los problemas y contradicciones que suscita el origen y atribución del mal desde San Pablo, pasando por Tertuliano, Orígenes, que carga el peso de la prueba a la tentación diabólica y el libre albedrío, o San Agustín, que introduce la sibilina distinción entre mal natural  y mal real o mal moral: el pecado que depende del libre albedrío y exonera a Dios de la responsabilidad.

Los textos bíblicos y los escritos y elucubraciones patrísticas fomentaron durante el medievo debates y especulaciones demonológicas que, finalmente, se delimitaron en la Suma Teológica de Tomás de Aquino. La intervención de la Inquisición en temas de demonología, solapados con supuestos o reales casos de brujería y herejía, se multiplican en el medievo hasta bien entrada la modernidad, a la vez que proliferan los tratados sobre esta materia. Uno de los más relevantes fue durante varios siglos el Malleus Maleficarum (s. XV). Las creencias acumuladas y tradiciones populares llevaron, por otro lado, al establecimiento, sobre todo entre los siglos XV y XVIII, de las jerarquías demoníacas. Jean Wier (s. XVI), en una impresionante nómina, señaló que había 7.409.127 demonios, distribuidos en 1.111 legiones de 6.666 demonios cada una. Diablos o demonios ígneos, aéreos, terrestres, acuáticos, subterráneos, lucífugos, íncubos, súcubos…

demonio4Mención aparte merece el Anticristo, cuya figura está estudiada de forma extensa y clarividente por el titular de esta página: José Guadalajara, en su obra Las profecías del Anticristo en la Edad Media.

El dualismo, bien-mal inserto en la naturaleza y la historia y fuertemente conectado a la demonología judía del exilio y postexilio, se inserta en el primer cristianismo y se funde con la escatología de los últimos tiempos en el Apocalipsis atribuido a San Juan, pero con una figura diabólica nueva: el Anticristo. Figura que no queda muy claro en su génesis si es una nueva epifanía del diablo o simplemente producto de una mente delirante. Lo que sí parece claro es su virtualidad y esencia de usurpador o suplantador de la personalidad del Mesías y su aparición antes de la segunda venida de Cristo para confundir y engañar a los humanos antes de la redención final, en un pretendido predeterminado y confuso acontecer escatológico: la Parusía, que finiquitará el dualismo bien-mal con el triunfo de Cristo-Dios sobre el Anticristo, el diablo y demás enemigos infernales.

Y el diablo sigue aquí actualmente con sus altas y bajas históricas de protagonismo, en la confusa teología religiosa, pero, sobre todo, en ese mal escondido en las capas más ocultas del mecanismo mental humano.