EL SEPULCRO PERDIDO DE LA REINA JUANA

José Guadalajara

Uno de los grandes enigmas de la Historia de España lo constituye la verdadera relación biológica que unió a Juana de Castilla con Enrique IV. ¿Fue hija suya o lo fue tan solo de su esposa, la reina Juana de Portugal? Sobre este supuesto corrieron desde el mismo nacimiento de Juana murmuraciones y acusaciones que quedaron plasmadas en las crónicas y documentos de la época, es decir, desde 1462, año de nacimiento de la infortunada heredera de Castilla. Naturalmente, cuando hablamos de paternidades y filiaciones en la realeza medieval, hemos de considerar la importancia que para la sucesión dinástica tenía tal consideración, pues solo la certeza biológica aseguraba la legalidad en la sucesión cuando se trataba de transferir el poder de padres a hijos.

Sobre Enrique IV se han forjado infinidad de leyendas que no se han apagado con el transcurso del tiempo. El doctor Gregorio Marañón, a partir de los datos cronísticos y biográficos –confirmados con el posterior examen forense del cadáver de este rey en el año 1946-, asentó la tesis de que se trataba de un individuo al que caracterizó como un “displásico eunucoide con reacción acromegálica”, terminología científica que puede traducirse por una deficiencia de secreción de las glándulas sexuales que lleva aparejada unas características fisiológicas determinadas y una personalidad con tendencia a la introspección, a la  soledad y a la falta de voluntad, todo ello, al parecer, constatado en este rey de Castilla a partir de las crónicas y de las afirmaciones de sus coetáneos. Tal vez, la impotencia, o al menos cierta dificultad para procrear, puedan ser otras de sus consecuencias, lo que redundaría en un detrimento de sus posibilidades de paternidad y, por lo tanto, de que Juana fuera su hija.

Este asunto de pura biología, de tanta repercusión política en su tiempo, tendría ahora fácil resolución con un análisis comparativo de ADN de los restos de Enrique IV con los de su supuesta hija. El cuerpo momificado del rey se descubrió accidentalmente en el monasterio de Guadalupe (Cáceres) detrás del retablo mayor de la iglesia, pero el de Juana de Castilla –conocida despectivamente como la Beltraneja a raíz de ser considerada descendiente de Beltrán de la Cueva, valido del rey- se encuentran en paradero desconocido.

No he de negar que, como novelista, me he servido de este misterio histórico para trasladar al argumento de La reina de las tres muertes este episodio del pasado. Varios de los personajes de mi novela se sienten fascinados por la posibilidad de descubrir ese perdido sepulcro de la hija de Enrique IV y, por este motivo, viajan a tierras portuguesas para tratar de localizarlo. No albergo dudas de que, tanto para el historiador como para el escritor de novelas históricas, tal posible descubrimiento representaría un hallazgo fabuloso que, si bien no serviría ya para evitar la injusticia cometida contra Juana de Castilla, al menos saldaría una deuda con la Historia. Lo digo sintiéndome partícipe de ambas vertientes: la del riguroso historiador y la del imaginativo novelista.

Pero, ¿cuál es la realidad de los hechos en torno al enterramiento de Juana de Castilla?

Es preciso recordar antes que, tras la guerra civil castellana de la que salieron victoriosos los Reyes Católicos, Juana quedó recluida en Portugal como monja en un convento franciscano de Coimbra, aunque más tarde se trasladara a Lisboa y, probablemente, llevara una vida religiosa un tanto alejada de los claustros. La hija de Enrique IV murió un 28 de julio de 1530 en esta última ciudad, y todo parece indicar que fue enterrada aquí. Por desgracia, no se conserva su segundo testamento, en donde figuraría el lugar elegido por ella para que le dieran sepultura y que, a todas luces, debió ser distinto al que consta en un primer testamento o borrador que, en cambio, sí ha llegado hasta nosotros. En él expresa, entre otras mandas testamentarias dirigidas al rey Juan II de Portugal, su voluntad de ser enterrada en un convento franciscano próximo a Lisboa.

Este testamento es muy posible que lo redactara cincuenta años antes de su muerte, por lo que esta decisión debió de ser modificada. De hecho, un testimonio brindado por Lope Hurtado de Mendoza, embajador de Carlos V en Lisboa, así parece confirmarlo, ya que don Lope ofrece una versión que se acomoda perfectamente con un cambio en las disposiciones testamentarias de Juana de Castilla con respecto al primer lugar elegido para su enterramiento. El embajador se despacha sobre este particular con cuatro palabras precisas que transmite en una carta dirigida al rey de España, en la que además le refiere otros pormenores sobre el fallecimiento de Juana de Castilla, mujer ya de sesenta y ocho años. Así certifica don Lope el lugar elegido para situar su tumba: “Enterróse en Santa Clara”. ¿Cabe dudar de esta declaración oficial? Hasta la fecha, no nos queda otro testimonio.

Esto sucedió en 1530, pero todos sabemos de sobra que ni siquiera los muertos descansan a veces tranquilos en sus habitáculos. Los traslados de domicilio mortuorio, por diversas razones, son frecuentes a medida que van pasando los años. ¿Pudo, entonces, en algún momento, entre 1530 y 1755, ser trasladado el cuerpo de Juana de Castilla a otra ubicación diferente?

De ser así, habría escapado al terrible terremoto que arrasó Lisboa en este último año citado y que destruyó la mayor parte de sus palacios, iglesias, conventos y casas, afectando en un ochenta por ciento a todo el casco viejo de la ciudad. Si el cuerpo de Juana de Castilla, llamada por los portugueses la Excellente Senhora, no se hubiera encontrado entonces ahí, se habría salvado de los efectos devastadores del seísmo.

Ficción o realidad, esto último es lo que cree que sucedió Ramón Nenclares, protagonista de La reina de las tres muertes. Así, según un documento de 1580, durante el asedio de Lisboa por parte del duque de Alba, el cadáver de Juana de Castilla habría sido cambiado de ubicación y ocultado para impedir que cayera en poder de Felipe II, que se proclamó rey de Portugal en ese mismo año. Nenclares se trasladará hasta las cercanías de Lisboa para buscar el sepulcro perdido, pues está plenamente convencido de que el cuerpo de Juana de Castilla había sido desalojado del convento de Santa Clara de Lisboa y que, por lo tanto, se habría librado de los estragos del terremoto.

Hoy en día nada sabemos de aquel Ramón Nenclares que vivió en el siglo XIX ni si descubrió o no el lugar de enterramiento de Juana de Castilla. En La reina de las tres muertes se nos recuerda su periplo y su fascinación hacia esta mujer a la que su tía Isabel la Católica usurpó el trono de Castilla. Nadie pudo entonces demostrar si era hija o no de Enrique IV, quien, al parecer, murió envenenado, pero lo cierto es que sus restos se encuentran en algún lugar de Portugal a la espera de que una mano los extraiga algún día de su tumba.