¿QUIÉN FUE BEATO DE LIÉBANA?

José Guadalajara

Santo-Toribio

Santo Toribio de Liébana

Hay enigmas históricos que, por más que nos empeñemos, continuarán siendo enigmas. La falta de datos sobre un determinado personaje o época del pasado –o del presente incluso- hace que el misterio se apodere de nosotros y que se nos origine una sensación de impotencia ante lo desconocido que nos gustaría atemperar con la luz del conocimiento.

Un ejemplo de esta afirmación es el caso de un hombre que vivió en el siglo VIII, y tal vez en los primeros años del IX, que ha dejado a la posteridad un nombre que hoy en día asociamos con unos célebres códices iluminados que contienen, además de unas espléndidas miniaturas pictóricas, un comentario al Apocalipsis de San Juan y otros textos anexos de contenido variado.

A veces, al oír la expresión “es un Beato de Liébana”, referida a un códice de estas características mencionadas, no debemos confundirnos y creer que se trata tan solo de un único libro o del ejemplar así llamado que nos muestran en una exposición o en una visita turística a un monasterio o catedral, sino que por “Beato” se entiende, de manera genérica, un códice que contiene el citado comentario y las miniaturas, por más que de alguno de ellos se haya conservado nada más que un único folio, tal como sucede con el más antiguo de todos, datado en el siglo IX y procedente del desaparecido monasterio de San Andrés de Cirueña.

En la actualidad, entre fragmentos y códices, contamos con 34 Beatos –no todos iluminados-, que cubren un periodo cronológico que abarca desde el siglo citado hasta el XIII. Se los conoce con el nombre de su procedencia o, en algún caso, con el de alguno de sus antiguos poseedores. Así tenemos el Beato de San Miguel de Escalada, el de Saint Sever, el de Valcavado, el de Tábara, el de Burgo de Osma, el de Fernando I y doña Sancha…

Pero, en realidad, ¿qué sabemos de aquel hombre llamado Beato de Liébana que escribió estos comentarios al Apocalipsis? ¿Qué conocemos de su vida, de sus inquietudes, de sus sentimientos? ¿Qué sabemos de sus obras?

La respuesta a estas preguntas no puede ser sino muy parcial, pues son escasísimos los datos que de él han llegado hasta nosotros. Tan solo hay un dato preciso que se refiere a su persona: su presencia en la toma de los hábitos religiosos de Adosinda, la viuda del rey Silo, que tuvo lugar el 26 de noviembre de 785. El resto de su escueta biografía ha podido reconstruirse gracias a sus escritos, menciones de otros autores y conjeturas basadas en cálculos hipotéticos, como es el año de su posible nacimiento. En todo caso, todo muy escaso. Un enigma.

Ni siquiera –curiosa paradoja- es posible concluir con entera seguridad que esos comentarios sean suyos, pues todos los códices se ofrecen como anónimos y tan solo en algunos figura un prefacio con una dedicatoria a Eterio de Osma, discípulo y amigo de Beato, y que, por su tono, ha hecho pensar en la autoría de éste:

“Todo esto, pues, santo padre Eterio, a petición tuya, para edificación del celo de los hermanos, te lo he dedicado a ti, de manera que haré también coheredero de mi trabajo a aquel de cuya compañía gozo como religioso”.

(Beato de Liébana, Obras completas y complementarias, Madrid, BAC, 2004).

La Liébana es un conjunto de valles de clima benigno situados entre las montañas de los Picos de Europa, en Cantabria, en donde se encontraba el antiguo monasterio de San Martín de Turieno –hoy Santo Toribio de Liébana-, lugar en el que transcurrió la vida de Beato, aunque tal vez pudiera no ser originario de esta zona. Que vivió aquí lo sabemos por las referencias de Elipando de Toledo en sus cartas, así como por las de él mismo, ya que en una de ellas se adscribe a este espacio geográfico. Es probable, sin embargo, que no fuera monje, y menos, abad, como lo considera Alcuino de York, sino tan solo un presbítero preocupado por la exégesis bíblica, el adopcionismo y la llegada del fin del mundo.

Del año 776 data su célebre Comentario, por otra parte nada original, ya que está basado en comentarios anteriores al Apocalipsis realizados por otros autores (Ticonio y Apringio de Beja) y debe muy poco a la intervención original de Beato. Las que, naturalmente, no son debidas a su mano son las miniaturas, obras anónimas casi todas ellas, aunque en algunos casos conozcamos el nombre de los primorosos pintores que las ejecutaron: Magio, Oveco, Pedro, Estéfano, Martín o la enigmática En, responsable del Beato conservado en la catedral de Gerona.

De Beato de Liébana ha llegado hasta nosotros también el himno O Dei Verbum, dedicado al apóstol Santiago, y una obra contra Elipando de Toledo y el adopcionismo conocida como Apologético. En esta polémica adopcionista, en la que se vio implicado el propio Carlomagno, que hubo de convocar un concilio, Beato de Liébana tuvo un papel destacado como contradictor de Elipando, quien en una de sus réplicas llegó a denominarlo “adminiculus Antichristi”, es decir, “testículo del Anticristo”. Como se aprecia, el obispo de Toledo no se amenguaba con las palabras.

Beato de Fernando I_ de Facundo_ 1047_ Biblioteca Nacional_

Folio de un Beato con los cuatro jinetes del Apocalipsis

Hay una anécdota muy famosa, transmitida también por el mismo obispo, en la que refiere cómo Beato, en la Pascua del año 800, proclamó ante un tal Ordoño y el pueblo lebaniego que iba a producirse en esa noche (era sábado) el fin del mundo. Como amaneció y no sucedió nada –lo cual, es evidente, sirvió de motivo de burla y descalificación de Beato por parte de Elipando-, el referido Ordoño proclamó: “Comamos y bebamos y, si hemos de morir, al menos que lo hagamos hartos”.

Esta vieja creencia en la llegada del fin del mundo y en la venida del Anticristo encuentra cabida en las consideraciones que el propio Beato hace a este respecto en su Comentario al Apocalipsis. Para él la historia del mundo, de acuerdo con una concepción muy antigua, se encuentra dividida en seis edades, marcada cada una con unas características específicas. El nacimiento de Cristo significó el inicio de la sexta edad, que se encuentra ya, en su época, en fase de agotamiento. Según Beato, de acuerdo con una serie de cálculos que él mismo hace y que expone en su obra, en el año 800 habrá de producirse el final de esa edad y, por consiguiente, el fin del mundo y la llegada del Anticristo. A éste, representado por la cifra 666, le atribuye una serie de posibles nombres identificativos, tales como Evantas, Genserico, Titán o Diclux, además de caracterizarlo como un hombre procedente de la tribu bíblica de Dan, capaz de hacer milagros y portentos, suplantar a Cristo y reinar durante tres años y medio antes de la consumación del mundo. En fin, nada original, ya que todo se acomoda perfectamente a una consolidada tradición sobre este mítico personaje.

Poco más sabemos de este hombre de la Alta Edad Media que vivió en los reinados de los primeros monarcas asturianos, entre ellos Silo y Mauregato. Su nombre, más que su persona y escritos, lo han hecho célebre esos antiguos códices de pergamino, auténticas obras de arte, en los que su comentario ha viajado a lo largo de los siglos hasta nuestro tiempo.