ALONSO GUERRERO: UN DÍA SIN COMIENZO

José Guadalajara

 Un viaje breveAlonso y yo. En su coche. Una mañana, creo, de invierno. Desde Mejorada a Alcalá de Henares. No nos habíamos conocido hasta entonces, pero nos pusimos de acuerdo, quedamos y fuimos conversando durante el trayecto. Asistíamos a una reunión para las pruebas de Selectividad como representantes de nuestros respectivos Institutos. Hablamos de asuntos que no recuerdo, pero sí que, en un momento concreto, surgió su vocación de escritor, sus obras, sus libros publicados mientras caminábamos por las cercanías de la Universidad. Yo también le mencioné una novela histórica que había terminado por entonces y que esperaba a su primer editor. Tal vez sería el año 2003.

Así conocí a Alonso Guerrero.

En el viaje de retorno se fueron hilando conversaciones, sobre todo de literatura. Luego leí su novela El hombre abreviado y me sorprendió su argumento, pero sobre todo su estilo, ese estilo personal que sabe hacerse con el ritmo de la palabra, con el ajuste preciso dentro del relato. Alonso, desde entonces, ha publicado otros libros: Fin del milenio en Madrid, La muerte y su antídoto, El edén de los autómatas, Doce semanas del siglo XX… y, ahora, Un día sin comienzo. 

Alonso habla con reposo, con un acento que revela sus orígenes extremeños, con una calma inteligente y acogedora impregnada de una cordialidad de sofá junto a la chimenea. Pero Alonso escribe con desgarro, con desvelo, con hondura de pasiones en un mundo de esquinas. Como en aquella tarde del lunes 15, cuando “Alcibíades Beltrán se presentó sin rostro”.

Un día sin comienzo

 

LA VOZ DEL AUTOR:

 

“El realismo es propiedad del autor, la realidad pertenece a los personajes”

 

UN DÍA SIN COMIENZO es una barricada contra el olvido. Decía B. Tosia que no hay que buscar la verdad en los detalles mun día sin comienzoundanos de la vida diaria, sino en los elementos esenciales de la propia vida. Hay que profundizar y mirar lejos, desde luego, pero qué telescopio utilizar. Esa fue mi gran dificultad al comenzar a escribir esta crónica: hacer visibles los elementos decisivos que contiene la vida cotidiana.

He intentado desenmascarar el realismo. El realismo es propiedad del autor, la realidad pertenece a los personajes.  Todos somos más insondables que lo que describen nuestros actos cotidianos, a menudo pautados con tiralíneas en mesas demasiado lejanas, y no me refiero a las de ningún dios.

Empecé a escribir sin pretensiones. No sabía qué iba a encontrarme. Nada vale una tesis ante una tragedia: no la justifica, ni la pone a nuestro alcance. Toda catarsis es superflua, si sólo somos capaces de enviar el pájaro de la literatura, con un mensaje atado a la pata. En relación a los acontecimientos del 11 de marzo de 2004 en Madrid, no me bastaba recrear lo que ocurrió. El problema no estribaba en lo que ocurrió, sino en la recreación. Las personas que aparecen en mi crónica luchaban  por su vida antes de las 7:37. ¿Por qué retratarlas de otra manera? La muerte, como dijo Papini, siempre nos sorprende en un gesto ridículo. ¿Por qué no darle la vuelta a esa evidencia? ¿Por qué no narrar la faceta vital, profunda, llena de sentido que en ese instante pudo haber revoloteado en la mente de los que murieron? Desde que empecé a escribir vi en ellos gestos de hombres y mujeres importantes. Todos los tenemos, a todos podrían arrebatárnoslos.